Samir Amin: El Capitalismo Senil (Descargar documento)
Existe una especie de consenso amplio –gracias también al derrumbe de las primera experiencia de construcción de una alternativa socialista– sobre la idea de que el capitalismo representaría un horizonte insuperable.

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El capitalismo no solo es un modo de producción, sino también un sistema mundial fundado sobre el dominio general de este modelo. Esta vocación de conquista del capitalismo se ha manifestado, de forma constante, desde sus inicios. Sin embargo, en su expansión mundial, el capitalismo ha construido, reproducido y profundizado sin cesar una asimetría entre sus centros de conquista y las periferias dominadas. Por esta razón hemos definido el capitalismo como un sistema imperialista natural, o, como hemos escrito, el imperialismo representa la “fase permanente” del capitalismo.
En el contraste expresado a través de esta asimetría creciente, es interesante notar la contradicción principal del capitalismo, entendido como sistema mundial. Tal contradicción se manifiesta también en términos ideológicos y políticos, a través del contraste entre el discurso universalista del capital y la realidad de lo que produce su expansión, es decir, la creciente desigualdad entre los pueblos de la Tierra.
El carácter imperialista del capitalismo se ha concretado en las formas sucesivas de la relación asimétrica y desigual centros/periferias, en la cual cada una de las etapas adopta un carácter específico, pues las leyes que rigen su reproducción se relacionan estrechamente con las especificidades de la acumulación del capital. Así, pues, en la historia de los últimos cinco siglos ha habido momentos –que representan pasajes de separación entre las fases imperialistas– caracterizados por la afirmación de nuevas especificidades.
Sin volver a la presentación y al análisis concerniente a su historia, recordaremos algunas conclusiones que se refieren, de manera directa, a la entrada del capitalismo en la fase de senilidad.
En el curso de todas las fases anteriores de la expansión capitalista, el imperialismo había tenido un carácter de conquista, es decir, “integraba” con una fuerza cada vez mayor regiones y poblaciones que hasta aquel momento estaban fuera de su radio de acción. Además, el imperialismo tenía un carácter plural, era el producto de diferentes centros imperialistas en fuerte competencia por el control de la expansión mundial. Hoy, estas dos características del imperialismo están cediendo el paso a dos nuevos elementos, contrarios por completo a los precedentes. En primer lugar, el imperialismo ya “no integra”. En su nueva expansión mundial, el nuevo capitalismo excluye, en vez de integrar, en proporción mucho mayor que en el pasado. En segundo lugar, el imperialismo ha asumido un carácter singular, se ha convertido en un imperialismo colectivo del conjunto de centros, o sea, de la tríada Estados Unidos-Europa-Japón. De manera objetiva, estas dos nuevas características tienen vínculos muy estrechos entre sí.
El viejo imperialismo era “exportador de capitales”, tomaba la iniciativa de invadir las sociedades periféricas y de establecer en ellas nuevas estructuras de producción (de naturaleza capitalista). De esta forma, construía el nuevo sistema y destruía el viejo. Esta segunda dimensión –destructiva–, no debe ser ignorada, aunque prevalezca el aspecto destructivo. Sin embargo, la construcción capital-imperialista, en su totalidad, no ha sido portadora de una gradual “homogeneización” de las sociedades del mundo capitalista. Por el contrario, se ha construido una relación asimétrica centros/periferias.
El capital exportado nunca fue puesto a disposición de la sociedad que lo recibía. Se hacía retribuir siempre de diversas formas (ganancias directas obtenidas por los nuevos sistemas, y excedentes sustraídos a los modos de producción sometidos). Esta transferencia de valores de las periferias a los centros, en las modalidades específicas de las diferentes fases del desarrollo imperialista (las que hemos definido como formas sucesivas de la ley del valor globalizado), es uno de los elementos decisivos de la construcción asimétrica.
Ahora bien, con independencia de la entidad de tal extracción, el capital imperialista continuaba su camino, exportando otros capitales para conquistar otros espacios sometidos a su expansión. Desde este punto de vista, el capital continuaba su vocación “constructiva”: su capacidad de “integrar” era superior a la de “excluir”. En cuanto tal, la expansión capitalista podía alimentar, en las periferias, la ilusión de la posibilidad de “alcanzar” a los demás, permaneciendo dentro del sistema global. Esta ilusión –que definiríamos como el proyecto de la “burguesía nacional”– estaba muy presente en el escenario político. Los aduladores del imperialismo en los centros (como Bill Warren y otros por el estilo) se basaban en la dimensión “constructiva” de la expansión capitalista, para decantar su pretendido carácter “progresista”.
El capital británico “construía” puertos y ferrocarriles en Argentina, en la India y en otras partes del mundo. Observamos, además, que el imperialismo no puede, en ningún caso, ser reducido a la única dimensión política (la colonización) que lo acompaña, como lo ha hecho Negri. Países sin colonias, como Suiza y Suecia, formaban parte del mismo sistema imperialista, al igual que Gran Bretaña y Francia.
El imperialismo no es un “fenómeno político” situado fuera de la esfera de la vida económica, es el producto de las lógicas que rigen la acumulación del capital.
Todo parece indicar que el capítulo de esta expansión constructiva se ha cerrado de manera definitiva. El actual flujo de ganancias y de transferencias de capital de Sur a Norte supera con amplitud, y no solo en términos cuantitativos, el reducido flujo de nuevas exportaciones de capital desde el Norte hacia el Sur. Este desequilibrio podría ser solo coyuntural, como lo afirma el discurso liberal del pasado, pero en realidad no es así. El desequilibrio se traduce en un vuelco en las relaciones entre la dimensión constructiva y la destructiva, ambas inherentes al capitalismo. Hoy, una ulterior expansión –incluso marginal– del capital en las periferias implica destrucciones de alcance inimaginable. He aquí un ejemplo concreto: en la actualidad, la apertura de la agricultura a la expansión del capital, marginal en términos de oportunidades potenciales para la inversión (y en términos de creación de puestos de trabajo modernos, de alta productividad), vuelve a poner en discusión la supervivencia del género humano.
En línea general, en la lógica del capitalismo, las nuevas posiciones monopólicas de las cuales son beneficiarios los centros –el control de las tecnologías, del acceso a los recursos naturales, de las comunicaciones– se unen y se unirán cada vez más a un flujo creciente de transferencias de valor producido en el Sur, en beneficio del segmento que domina el capital globalizado (el capital “transnacional”), proveniente de las nuevas periferias “competitivas”, más avanzadas en el proceso de industrialización moderna.
También, desde otro punto de vista, el imperialismo ha evolucionado, pasando de los estadios anteriores, caracterizados por la violenta competencia de los imperialismos nacionales, al de la gestión colectiva del nuevo sistema mundial dominado por la “tríada”. Existen diversas razones que explican esta evolución. Pero entre ellas está, sin duda, la exigencia política de una gestión colectiva, impuesta por el alcance creciente de las destrucciones provocadas por la continuidad que la expansión capitalista comporta.
Las principales víctimas de tales destrucciones son los pueblos del Sur, pues el nuevo imperialismo implica, e implicará cada vez más, “la guerra permanente” (del capitalismo transnacional, que domina y se manifiesta a través del control de los Estados de la tríada) contra los pueblos del Sur. Esta guerra no es coyuntural, ni tampoco es el fruto de la arrogancia del establishment republicano de los Estados Unidos, sino que se inserta en las exigencias de la estructura del imperialismo en su nueva fase de desarrollo.
En otras palabras, el imperialismo de las anteriores fases históricas de la expansión capitalista mundial se basaba en el papel “activo” de los centros, que “exportaban” capitales hacia las periferias, para impulsar un desarrollo asimétrico, que podemos definir dependiente o desigual. Sin embargo, el imperialismo colectivo de la tríada y, en particular, el del “centro de centros” (los Estados Unidos), ya no funciona de esta manera. Los Estados Unidos absorben una fracción considerable del excedente, generado por la comunidad internacional, y la tríada deja de ser una exportadora importante de capitales hacia las periferias. El excedente sustraído por la tríada bajo diferentes formas (entre las que se encuentran la deuda de los países en vías de desarrollo y de los países del Este), ya no constituye la contrapartida de nuevas inversiones productivas. El mismo carácter parasitario de este modo de funcionamiento del sistema imperialista es un signo de senilidad, que evidencia la creciente contradicción centros/periferias (llamada Norte-Sur).
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