“El saldo de la batalla de Córdoba, “El Cordobazo”, es trágico. Decenas de muertos, cientos de heridos. Pero la dignidad y el coraje de un pueblo florecen y marcan una página histórica argentina y latinoamericana que no se borrará jamás”.
La ciudad, conocida en aquellos años como la Turín argentina, mostraba un amplio desarrollo industrial metalmecánico, la universidad nacional vigorosa y llena de estudiantes ansiosos por protagonizar su momento histórico y una clase media que, aunque siempre aplastada por la matriz beata mediterránea, también expresaba el hastío hacía un gobierno de tinte fascista que reducía libertades y desorganizaba, a fuerza de represión, la vida pública. A ello se sumaba el despertar de curas tercermundistas que abrazaban la causa obrera con fervor. La revista “Cristianismo y Revolución” era su órgano difusor. “Ellos hablaban de revolución abiertamente, cuando Tosco era mucho más medido en público”, cuenta el legendario periodista Ernesto Ponsati, colaborador de prensa en el Sindicato Luz y Fuerza de Córdoba entre el ’64 y el ’74.
Si aquel 29 de mayo, Día del Ejército para más detalles, las columnas de trabajadores entraron al centro de la ciudad por los cuatro puntos cardinales y dominaron el terreno hasta las cinco de la tarde, fue fruto de años de convulsión presurizada donde las demandas de libertad política, mayor calidad de vida y el ejercicio de los derechos sindicales, se mezclaba con la onda planetaria crítica al sistema capitalista, la relajación de las costumbres sociales y el anhelo de una revolución social donde, para muchos, Juan Domingo Perón tenía un papel insustituible. Si para otros la figura del General no incluía cambios en la estructura social del país, esas discusiones quedarían para más tarde.
La ceguera de la dictadura atacaba por igual a los trabajadores y, en Córdoba, la división entre colaboracionistas y combativos se remendó para resistir la pérdida de las quitas zonales y el sábado inglés, derechos adquiridos que la orgullosa clase obrera cordobesa no estaba dispuesta a tirar por la borda que proponían las políticas neoliberales de Adalberto Krieguer Vasena, ministro de Economía del dictador Juan Carlos Onganía.
La división entre la CGT de los Argentinos –que rechazaba de plano al régimen y era comandada por Raimundo Ongaro–, y la CGT Azopardo –colaboracionista con Onganía y dirigida por Augusto Vandor– tenía características propias en la provincia: la minoritaria a nivel nacional era mayoría en terreno cordobés. Sin embargo, aún siendo más sindicatos la CGTA no contaba con los sindicatos industriales que podían movilizar miles de trabajadores desde el cordón industrial hacia el centro de la ciudad.
“Ante las diferencias sobre la política nacional los dirigentes optaron por la consigna ‘unidad en la acción’ como fórmula para subsanar las diferencias”, recuerda el abogado laboralista Luís Reinaudi, secretario Gremial del Sindicato de Prensa en 1969 con sólo 24 años. La pueblada cordobesa, que descarta el espontaneísmo como explicación histórica, tuvo los dientes apretados y una organización detallada que incluyó a Tosco enseñando a los compañeros mecánicos cómo armar las bombas molotov en los fondos del gremio. “Me lo contó el gringo en persona”, afirma Ponsati.
El desenlace
“SMATA era la infantería de la clase obrera cordobesa”, señaló el abogado Lucio Gazón Maceda a la revista Umbrales al cumplirse el 30º aniversario del Cordobazo. Sus asambleas eran masivas y expresaban la dinámica social de la época. “Había una conciencia de la propia fuerza muy grande”.
Elpidio Torres, obligado por sus bases y empujado por el dúo que formaban Tosco y Atilio López, convocó a una asamblea general el 14 de mayo en el Córdoba Sport, club donde se realizaban peleas de box, que fue duramente reprimida por la policía. Eso terminó de decidir al dirigente, que en Buenos Aires el diario de la CGTA calificaba de ‘cipayo’, pero que en Córdoba era valorado como un táctico que asumió sus responsabilidades el 29 de mayo.
El paro de UTA, realizado en 5 de mayo, ya había demostrado la capacidad de bloquear la ciudad, sólo restaba ocuparla. Cuando las columnas de trabajadores de IKA-Renault abandonaron la planta a las 11 de la mañana, los obreros llevaban sus bolsillos repletos de municiones de rulemanes que harían horas después retroceder a la Guardia de Caballería en una mitológica imagen televisiva donde se pudo observar a los policías a caballo escapar de la furia de los manifestantes. El asesinato del tapicero de Renault Máximo Mena al medio día, en la esquina de Arturo M. Bas y bulevar San Juan, enardeció los ánimos y la policía se retiró de las calles, desbordada, cuando se le terminaron los gases lacrimógenos.
Las barricadas se sucedieron en cada esquina y el pueblo salió de sus casas para participar de la contienda, aportando material para las fogatas y apedreando a la policía, mientras el gobernador Caballero rogaba que el Ejército controlara una situación salida de madre. Pero sólo a las cinco de la tarde, los blindados salieron desde La Calera, a escasos kilómetros de la ciudad, para retornar la calma.
El viernes 30, en medio de un paro general nacional que habían acordado las dos CGTs, los últimos focos estudiantiles del barrio Clínicas fueron acallados. Pero el golpe estaba dado. La dictadura no volvería a ser la misma. “Se les acabó el verso de ‘primero el tiempo económico, segundo el tiempo social, por último el tiempo político’. Todo se les vino encima”, asegura Reinaudi.


























































