Reinventemos a Emilia Prieto.
Hay personas que durante su vida –y más aún después de muertos- se convierten, con toda justeza, en mitos. Tal es el caso de Emilia Prieto: pintora, ensayista, investigadora, folclorista. Desafortunadamente, ese estatus mitológico (y en el caso de doña Emilia, el peso moral e ideológico de su ejemplo) nos desvía de las problemáticas esenciales que nos plantea su vida y, sobre todo, su obra, sin duda pionera en Costa Rica. Así, en ciertos medios, existe una mayor preocupación por consagrar el mito (y no necesariamente la persona o la obra), dentro del mundo domesticado y “benigno” de la cultura oficial, que por profundizar en los alcances reales de lo que hizo y las tareas que nos deja después de su muerte. En este sentido, creo que ha llegado la hora de reflexionar, no tanto sobre Emilia, el mito, sino sobre cómo abordar este conjunto de problemáticas. Para abrir la discusión quiero plantear, brevemente, un asunto que me parece fundamental: todo aquello referente al “rescate de la cultura popular”, consigna que agitan muchos de los que buscan perpetuar los esfuerzos de Emilia Prieto. En especial, me gustaría enfocar este asunto en su relación con los procesos de construcción de la cultura nacional, o bien, regional (centroamericana y caribeña, fundamentalmente).
Los trabajos de recopilación-rescate de manifestaciones culturales populares, como las canciones meseteñas que recopiló doña Emilia, tienen un valor incuestionable que, a mi juicio es, ante todo, histórico. Como dice Octavio Paz, “la búsqueda de un futuro termina siempre con la reconquista de un pasado. Ese pasado no es menos nuevo que el futuro: es un pasado reinventado”.
Sin embargo, creo que se genera una serie de confusiones a la hora de relacionar estos trabajos de rescate con los procesos de construcción de la cultura nacional; confusiones que son, sobre todo, metodológicas. Es una equivocación considerar que la cultura nacional existe, exclusivamente, en las tradiciones populares —que muchas veces han dejado de ser tradiciones — y que se trata de simplemente “rescatarla” como si la construcción de “lo nuestro” se redujera a coleccionar una serie de objetos preexistentes en la realidad. Quienes así proceden efectúan una objetivación deshistorizada de los fenómenos culturales. Dichos fenómenos para mantener su vigencia, más bien requieren de un proceso constante de recreación (una “reinvención” en las palabras de Paz). La cultura nacional se construye todos los días, no es únicamente un muestrario, muerto y estático, de lo que alguna vez existió, o de lo que existe marginalmente. Así, la confusión metodológica es el equiparar, mecánicamente, una cultura popular (que, generalmente, existe de manera fragmentada y atomizada) con una cultura nacional (que requiere de una articulación social más vasta y compleja).
Esto se vislumbra claramente en algunos trabajos musicales que se basan en las recopilaciones que hizo doña Emilia de la canción tradicional meseteña. La realidad es que la única que, a fin de cuentas, cantaba dichas canciones era la misma Emilia; ya no constituían una manifestación viva dentro del ámbito popular de donde habían surgido y en donde, antaño, se habían recreado a través de la tradición oral. Así, estos trabajos musicales, que pretenden revitalizar “lo propio”, terminan convirtiendo lo que era popular en “música típica” (en algunos casos estilizada, y después plasmada en grabaciones y actuaciones cuya legitimidad no se encuentra, fundamentalmente, en lo popular, sino en su aceptación dentro de la cultural oficial).
Además, de estas experiencias surge otra interrogante: ¿Cómo se puede rescatar de manera tal que lo que se rescata pueda ser recreado, manteniendo su vigencia en la sociedad contemporánea? Con el desarrollo de la comunicación de masas y los medios tecnológicos que la acompañan, la grabación, en el caso de la música, ha venido sustituyendo rápidamente las modalidades más tradicionales de transmisión oral. O sea, se ha desarticulado una dinámica socio-cultural vital, tanto para la sobrevivencia como para la vigencia de estas manifestaciones populares. Mientras la tradición oral incorpora, orgánicamente, una dinámica transformadora y recreadora (no siempre buena), la grabación tiende a fijar un modelo mucho más difícil de transformar, y a convertir un ente social y cultural activo en uno pasivo.
Esta realidad, quizá inevitable, genera nuevos retos para los procesos de construcción cultural que no han sido abordados o asimilados por las personas que se dedican al “rescate” de la cultura popular.
Emilia Prieto siempre planteó la necesidad de crear un marco institucional para dar seguimiento sistemático a los esfuerzos diversos de rescate y promoción de la cultura popular. Esto es, evidentemente, una necesidad. Sin embargo, una institución de este tipo sería sólo un lado de la moneda. El otro lado tendría que ver con la necesidad de modificar, radicalmente, las políticas culturales en aras de propiciar una participación directa y protagónica de los más diversos sectores sociales en el desarrollo de sus manifestaciones culturales, sobre la base de una relación solidaria entre ellos y el acceso directo a recursos suficientes para poder apoyar las dinámicas socioculturales que le dan la razón de existir a estas manifestaciones, así como la posibilidad de que se vayan transformando. De otra manera, caeríamos en los reconocimientos superficiales de “lo marginal” (lo popular, lo folclórico, etc.) que nos ofrece actualmente el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes a través de concursos, festivales y otras actividades coyunturales, que no modifican en nada los problemas esenciales que afectan (o que permitirían el desarrollo de) la cultura popular.
Otro aspecto de importancia es entender que los procesos de construcción cultural y de la identidad no son asuntos que se circunscriben, exclusivamente, a ámbito nacional. Incluso, me atrevería a decir que las recopilaciones de doña Emilia tendrían más importancia dentro de un contexto centroamericano que como un reflejo fiel de la cultura popular costarricense, ya que el tipo de canción que ella recopiló (con sus inevitables variantes regionales) tiene un desarrollo mucho más importante en otros países del istmo.
Es interesante ver cómo, en el caso de la cultura musical afrocaribeña, ésta se ha revitalizado, en distintos momentos, a partir de su contacto con el occidente de África y viceversa.Es en un contexto mayor donde pueden cobrar vigencia estos trabajos y donde se pueden generar esas dinámicas recreadoras y constructivas de que hablábamos.
En todo caso, no estoy menospreciando los importantísimos esfuerzos de Emilia Prieto o los de quienes han heredado sus legítimas preocupaciones por el desarrollo de la cultura popular nacional; más bien creo que hay que empezar a construir a partir de lo que nos dejó y no caer en el mismo error metodológico en relación con su obra que se ha planteado arriba: conformarnos con simplemente rescatarla.
http://www.icat.una.ac.cr/suplemento_cultural/
