La Revolución Francesa

Abel Samir

Argenpress Cultural

 

Nos encontramos en París, la capital de Francia y es el día 30 de abril de 1789. En el suburbio de Saint-Antoine se ha producido un levantamiento del tercer estado -como se denomina a las clases que no pertenecen ni a la nobleza, el primer estado, ni tampoco al clero, el segundo estado- contra dos industriales: Henriot y Revellon. Han sido saqueadas las casas de estos hombres que son muy odiados por el pueblo. La desesperación de los parisienses frente a la miseria imperante ha llegado a su límite máximo, especialmente, debido a la negativa del rey Luis XVI de solucionar la crisis económica que vive el país y que azota especialmente a las grandes mayorías. La crisis se ha agudizado a tal nivel que lo único que resta es la confrontación violenta. Se trata de lucha de clases, en este momento de la lucha espontánea de las masas. En otras ciudades importantes, las masas hambrientas han asaltado los depósitos de cereales y las casas de funcionarios ricos llevándose el trigo almacenado para convertirlo en pan que se vende a bajo precio. La mala cosecha del año anterior ha influido en la crisis que ya se venía perfilando desde antes. Sobre todo, después de la crisis comercial e industrial que había empezado en el año 1787. Esta crisis no podía resolverse sin extender el mercado a las zonas rurales y allí se topaba con el problema de la opresión feudal, de manera que el principal problema que tenía que enfrentar una revolución burguesa era transformar las relaciones de producción en el campo, de relaciones feudales a relaciones capitalistas.

 

La nobleza, el primer estado como se le denominaba en aquella época, era esencialmente terrateniente, eran los dueños de grandes extensiones de tierras y para ellos trabajaban muchos campesinos que aunque sus relaciones con el señor feudal no eran las de la servidumbre, eran superexplotados por estos nobles. Muchos de ellos vivían endeudados a los terratenientes, sobre todo los campesinos libres que tenían que pagar impuesto a los señores. Allí no existía la libertad burguesa que hoy se llama democracia, que aunque formal, permite la participación electoral de la clase oprimida. Ya Montesquieu lo había dicho en su obra “El espíritu de las leyes”, una obra crítica a la sociedad monárquica y feudal. Decía Montesquieu que: “Cuando el poder legislativo está unido al poder ejecutivo en la misma persona (y aquí se trataba nada menos que del rey Luis XVI) o en el mismo cuerpo, no hay libertad porque se puede temer que el monarca o el Senado promulguen leyes tiránicas para hacerlas cumplir tiránicamente”. Y las leyes de Francia las dictaba y las promulgaba el rey; esas leyes reflejaban, más que nada, los intereses de la corona y de la clase de los nobles: el primer estado. Su escrito, aunque dirigido hacia la monarquía francesa, presenta los casos de distintas monarquías europeas, las desnuda y analiza todo lo irracional de ellas y propone cambios democráticos. Estos escritos influyeron en los revolucionarios franceses. Igualmente influyente fue Jean Jacques Rousseau con su obra más significativa: “El contrato social”. Robespierre estuvo muy influenciado por Rousseau. Su obra, al igual que la de Montesquieu, desde otra perspectiva, critica el hecho de que todo el poder esté en las manos de una sola persona. El ejecutivo, el legislativo y el judicial. Al hacer el análisis de la democracia de la antigüedad, Montesquieu pone de relieve algo que hoy es muy marcado en nuestras democracias: la participación puramente formal del pueblo en los asuntos del Estado: elegir representantes pero no gobernar. La democracia, como gobierno del pueblo es sólo un mito.

 

Es a partir de la revolución burguesa que se separan esos poderes. Otro pensamiento interesante de Rousseau es que en el mundo, en todas partes el hombre nace libre, pero luego es un hombre encadenado. Se preguntaba Rousseau: “¿Cómo puede un hombre ser libre y estar al mismo tiempo obligado a someterse a una voluntad que no es la suya? ¿Cómo los opositores son libres y están sometidos a leyes, a las cuales no han dado su consentimiento?” Lo que proponía este filósofo francés era una sociedad contractual, como lo es hoy en día toda sociedad capitalista. En términos más modernos se habla hoy de una sociedad de consenso. J. M. Páramo lo enuncia así: “No se pueden crear fórmulas de convivencia en las grandes y complejas sociedades de la era urbana e industrial sin una amplia base de consentimiento y de apoyo popular. [...] Uno de los instrumentos de legitimación y de obtención de consenso es la ideología.”1. Esta máxima es para cualquier sociedad, para cualquier partido que se proponga hacerse del poder del Estado. La dictadura de Pinochet buscaba al final de su gestión el consenso popular y por eso el plebiscito; fue derrotado por un porcentaje mínimo a pesar de la brutalidad de su gobierno y de los crímenes cometidos contra los opositores, lo que demuestra el alto grado de enajenación de la sociedad chilena. Sin el consenso arriesgaba el país entrar en una espiral de violencia cuyos resultados no eran previsibles.

Todos estos pensadores y filósofos buscaban el mundo de la razón, un mundo idealizado de la burguesía, como lo dice Engels, “Los grandes hombres que en Francia ilustraron las cabezas para la revolución que había que desencadenarse, adoptaron ya una actitud resueltamente revolucionaria. No reconocían autoridad exterior de ningún género. La religión, la concepción de la Naturaleza, la sociedad, el orden estatal: todo lo sometían a la crítica más despiadada; cuanto existía había de justificar los títulos de su existencia ante el fuero de la razón o renunciar a seguir existiendo. A todo se aplicaba como rasero único la razón pensante. [...] que la justicia eterna vino a tomar cuerpo en la justicia burguesa; que la igualdad se redujo a la igualdad burguesa ante la ley; que como uno de los derechos más esenciales del hombre se proclamó la propiedad burguesa; y que el Estado de la razón, el «contrato social» de Rousseau pisó y solamente podía pisar el terreno de la realidad, convertido en república democrática burguesa”. Y un poco más adelante agrega Engels: “Se pretendía instaurar un Estado racional, una sociedad ajustada a la razón, y cuanto contradecía a la razón eterna debía ser desechado sin piedad. Y [...] esa razón eterna no era más que el sentido común idealizado del hombre del estado llano que, precisamente por aquel entonces, se estaba convirtiendo en burgués”2 Ahora bien, un Estado racional es posible siempre y cuando el pueblo adquiera consciencia de su necesidad y sólo entonces será capaz de cambiar su cultura, la cultura burguesa basada en el individualismo y la competencia, por una cultura proletaria basada más que nada en la cooperación y el altruismo. Se requiere cambiar muchos valores que por el enorme peso de los años están afianzados en la mente de los humanos de nuestro tiempo.

 

Pero volvamos a la situación de Francia en 1789. Producto de esa crisis una gran parte de los obreros de la manufactura habían sido despedidos -hoy se dice racionalizar- y vagaban por la ciudad sin medios de vida. La desesperación inundaba los hogares de los proletarios, mientras que la nobleza vivía en un mundo aparte, en un mundo de extrema riqueza y despilfarro, en medio del boato y de los banquetes.

 

La respuesta de la monarquía a la rebelión popular de Saint-Antoine no se deja esperar y se envía la Guardia que embiste a las masas desarmadas con sus bayonetas, más el asalto de la caballería que causa la muerte de cientos de personas y deja muchos heridos. Pero los parisienses se han defendido valientemente con todo lo que pueden emplear: los adoquines del empedrado, piedras y tejas. A pesar de haber sido derrotados logran rescatar los cuerpos de sus moribundos para atenderlos o darles sepultura. Es una derrota a medias, porque detrás de ella ha de surgir un movimiento de masas aún mayor y más violento. Se ha despertado en las masas la comprensión que ellos son la fuerza de la revolución, parisienses que eran llamados sans-culottes en aquella época.

En esa época no se conocían los partidos políticos como existen ahora en todo el mundo. Pero la gente de clase alta, los burgueses, los pequeño-burgueses y los intelectuales en general, se agrupaban en clubes que funcionaban en algunos conventos. De esos clubes, destacaron desde el comienzo de la revolución los jacobinos y los cordeleros. Sus nombres los obtuvieron del convento en donde se reunían. Los jacobinos tenían como meta una Constitución, una carta fundamental, que no existía todavía en Francia. Los cordeleros tenían en mente una ley que estableciese los derechos de los ciudadanos y que respondiese a los siguientes principios: libertad, igualdad y fraternidad. Más tarde, del club de los jacobinos se apartaría un grupo de burgueses más conservadores que formaron el club de los Feuillants (el nombre de otro convento). A este club pertenecían los grandes financistas, los armadores de buques, los traficantes de esclavos, los dueños de las plantaciones, los grandes mercaderes, los dueños de minas y en general los grandes propietarios de tierras e industrias, los que, naturalmente, defendían por sobre todo sus intereses privados. Dentro de los jacobinos había un dirigente que en apariencia representaba las ideas más izquierdistas: Jacques Pierre Brissot. Los jacobinos se escindieron en jacobinos y girondinos, estos últimos representaban los intereses de los grandes comerciantes e industriales con una posición más de centro derecha. Al principio, a este movimiento político se les conoció como los brisetistas y después cambió a girondinos. “Entre los jacobinos, la política de los girondinos era criticada por Robespierre y otros políticos, que representaban los intereses de los grupos más democráticos. [...] En la Asamblea Legislativa eran apoyados por un grupo de diputados de la extrema izquierda. Estos diputados fueron llamados los montañeses, pues en la Asamblea Legislativa y después en la Convención ocupaban los escaños más altos de la sala de sesiones”3. A los diputados, en su mayoría independientes y más conservadores se les llamó el pantano porque ocupaban la parte baja de la sala.

 

Los clubes hacen llegar a la corte un petitorio en el cual se pide que se convoque a los Estados Generales, en donde además de la nobleza y el clero participaban los representantes del Estado Llano. Al principio, Luis XVI se negó, pero como la presión del pueblo iba en aumento, el rey decidió convocarlos. Esta institución no se había reunido desde hacía ya 175 años. Sin embargo, esta medida no fue suficiente para calmar los ánimos.

 

El pueblo se fue organizando por barrios y comunas, lo que apuró la convocatoria. De esa forma, tenemos a los Estados Generales reunidos el 5 de mayo de 1789. En esa sesión los representantes del tercer estado propusieron organizarse en una Asamblea Constituyente, con el objeto de elaborar la Constitución y otras leyes. Después de mucho discutir y de muchas sesiones, los representantes del tercer estado más algunos del clero y de la nobleza se reunieron en el picadero y resolvieron que trabajarían sin disolverse hasta que se promulgase la Constitución. Luis XVI se negó a aceptar la Asamblea Constituyente y para disolverla ordenó movilizar tropas desde las provincias a París. El objetivo fundamental era, además de la disolución de ella, apresar a sus dirigentes. Era un golpe contrarrevolucionario. Esta actitud del rey creó una enorme indignación entre los parisienses que armados de todo lo que pudieron obtener, marcharon contra la prisión política de la monarquía (aunque también habían presos por otros tipos de delitos), la Bastilla y después de un duro combate la tomaron el 14 de julio. La toma de la Bastilla fue el principio del fin de la monarquía francesa y del Estado monárquico. Sobre sus cenizas se levantaría un Estado burgués, un Estado Nacional.

La revolución se extendió como un reguero de pólvora por todo el país. “El escritor ruso Karamzín, que pasó en agosto de 1789 por Alsacia, escribía: «Por toda Alsacia se nota la agitación. Pueblos enteros se arman». Lo mismo se registraba en otras provincias. Los levantamientos campesinos, que habían empezado en el centro del país, en la Isla de Francia, desbordándose como un torrente irresistible, a fines de julio y en agosto se extendieron por casi todo el país. En el Delfinado, de cada cinco castillos de los nobles, tres fueron quemados o destruidos. En el Franco-Condado fueron destruidos cuarenta castillos. En Limousine, los campesinos levantaron un cadalso delante del castillo de un marqués con la siguiente inscripción: «Aquí será ahorcado todo al que se le ocurra pagar la renta al terrateniente, así como el propio terrateniente si se decide a reclamarla»4. También hubo ciudades que se declararon monárquicas y se agruparon en una federación antirrepublicana; especialmente fuerte era el movimiento monárquico de la ciudad de Lyon.

La crisis económica se agudizó al año siguiente y con ello aumentó el paro de industrias y la cesantía ya de por sí bastante alta. También aumentó la inflación, producto de que la moneda francesa perdía su valor. Los Asignados se depreciaron en enero de 1792 al 63% de su valor nominal. Subieron los comestibles, algunos de ellos que llegaban desde las colonias americanas, casi a tres veces el valor que tenían antes de la revolución. La crisis llevó a mucha gente, especialmente en las zonas rurales, al uso de la violencia contra los acaparadores y los especuladores. Los campesinos exigían la abolición de las deudas con los terratenientes. En esta revolución, los campesinos más los ciudadanos parisienses constituyeron la fuerza viva de la revolución. La iglesia, como institución pedía reformas, aunque era sólo para guardar las formas y no irritar a las masas que atravesaban un período de rechazo a la religiosidad, pero el clero, en su mayoría monárquica, estaba contra la república y, por tanto, agitaba contra la revolución. La amplia mayoría del clero pertenecía a la nobleza; por esa razón su posición política, aunque había algunos que pertenecían a otras clases. Así fue como surgió el culto a la razón en contraposición al culto católico y cristiano en general. En la Convención, muchos diputados sostenían que los hombres terminarían por despojarse de la superstición y la reemplazarían por el culto a la igualdad y a la libertad. El ex abate Sieyés, que en ese momento era un revolucionario, dijo en un discurso:”Ciudadanos, hace tiempo que deseaba el triunfo de la razón sobre la superstición y el fanatismo. Ese día ha llegado y me alegro de ello como el mayor beneficio de la República. He sido víctima de la superstición, pero nunca fui su apóstol ni su instrumento. He padecido el mismo error que los demás, pero a nadie se lo he impuesto, porque no hay ningún hombre en la Tierra que pueda decir haber sido engañado por mí; antes bien, me han debido muchos el haber abierto los ojos a la luz”5. La revolución para ser completa necesitaba socavar y destruir los pilares en los cuales se afirmaba el Estado monárquico: el rey, la nobleza y la religión estatal, el catolicismo. Los dos primeros se habían derrumbado ya, pero el tercer pilar seguía existiendo, aun cuando muchos sacerdotes estaban en las cárceles y muchos habían terminado en el cadalso.

Durante la primavera de ese año 1791 los trabajadores parisienses se declararon en huelga, acciones que disgustaron a los patronos y que fue sancionada por la Asamblea Constituyente mediante una ley (propuesta por el diputado Chapelier) que prohibía la huelga bajo amenaza de prisión. ¡Y no sólo se trataba del derecho de huelga! Marx dice:”En los mismos comienzos de la tormenta revolucionaria, la burguesía francesa se atrevió a arrebatar de nuevo a los obreros el derecho de asociación que acababan de conquistar. Por decreto del 14 de junio de 1791, declaró todas las coaliciones obreras como un «atentado contra la libertad y la Declaración de los Derechos del Hombre»6”.

Las ideas filosóficas de los enciclopedistas y de los partidarios de la revolución y el proceso mismo, eran seguidas con mucho interés en la mayoría de los países europeos y también en toda América. En Europa se produjo un fenómeno que demuestra que los intereses de clase, en determinadas circunstancias, están por sobre los intereses nacionales. Los gobiernos monárquicos de Europa se movilizaron en ayuda de la nobleza francesa y es así como Austria y Prusia declaran la guerra a la república el 20 de abril de 1792. Al principio, el ejército francés, mal dirigido por una oficialidad de origen noble y sin ninguna motivación, tuvo sólo derrotas. No había duda que su inoperancia era parte de un complot para llevar la derrota a la república. La patria de los nobles no coincidía con la patria del pueblo, él que ahora era ardientemente republicano.

Al peligrar la revolución, el pueblo reaccionó movilizándose espontáneamente. Se organizaron batallones en aldeas y ciudades con mandos populares y luego a ellos se les sumó los restos del antiguo ejército. Luego, la Asamblea Legislativa decretó la movilización general de todos los ciudadanos aptos para cargar armas. Surgió, entonces, un ejército revolucionario impregnado de una mística verdaderamente patriótica. Los ejércitos de esa época no respondían tanto a los sentimientos patrióticos como a la venta de sus servicios como mercenarios: luchar por un salario, aunque se les revestía de valores patrióticos. En cambio, aquí surge por primera vez en Europa un ejército con un espíritu nuevo. El espíritu revolucionario de una clase que quiere liberarse y liberar al resto, y sumarlos al movimiento antimonárquico. Junto a estos hechos el pueblo se movilizó exigiendo el término de la monarquía. Batallones de voluntarios llegaban a París desde las provincias y un batallón procedente de Marsella entró en París cantando la “Marsellesa”, el actual himno de Francia. He aquí una de sus estrofas:

¡A las armas ciudadanos!

¡Formad vuestros batallones!

Marchemos, marchemos,

que una sangre impura

empape nuestros surcos.

Era un himno vibrante cuyo autor era un joven oficial llamado Rouget de Lisle, que exaltaba el ánimo guerrero. En una ocasión, Napoleón Bonaparte, al ver la emoción que causaba el himno, dijo: “Este himno nos ahorrará muchos cañones” y tenía toda la razón.

Ese año 1791 la Asamblea Constitucional aprueba la Constitución Política del Estado. Era sí, la carta fundamental de una monarquía constitucional, al estilo de la inglesa, aunque todavía se le daba al rey bastantes poderes. Tres poderes surgían: el ejecutivo en la persona del rey, el legislativo en manos de la Asamblea Legislativa y el judicial elegido por las comunas. Pero esa Constitución era muy antidemocrática, porque sólo podían ejercer el derecho a sufragio los ciudadanos “activos” que no eran más del 20% de la población. Y se consideraban “activos” a aquellos que tuviesen alguna propiedad, los no propietarios quedaban marginados de la vida política, también las mujeres, aunque ellas participaron activamente en la toma de la Bastilla. Se mantenía la esclavitud en las colonias, a pesar que desde un principio, los esclavos veían con simpatías el proceso y luchaban por la república. Esa Constitución produjo un gran desánimo entre las masas y dividió a la Asamblea Constituyente. Los jacobinos manifestaban su descontento a ella, pero eran una minoría en la Asamblea. Su líder más notable era un abogado de Arrás, Robespierre, que más tarde por su honestidad, recibiría el sobrenombre de «incorruptible». La literatura y la historia relatada por los historiadores o escritores de ideología burguesa se han encargado de deformar la verdad acerca de Robespierre. Lo han presentado como un monstruo, cuando la verdad histórica es otra. Desde joven Robespierre se caracterizó por sus ideales humanitarios y ejerció de abogado de los pobres, razón por la cual fue elegido diputado en su pueblo natal en 1789. En la Asamblea pronto se hizo conocido por sus dotes de orador y por la defensa de los derechos humanos. Si bien es cierto que él no provocó la caída de los girondinos, detrás de las bambalinas estaba él. En el médico Juan Pablo Marat encontraron los jacobinos un importante aliado que dirigía un periódico muy popular: «El amigo del pueblo». Marat con una comprensión política más clara y con una posición más popular “fue el primero en advertir que el yugo feudal era reemplazado por el yugo de la «aristocracia de la riqueza»7.

Luis XVI aparentó aceptar la revolución y cuando se dirigía hacia las otras potencias europeas en documentos semipúblicos elogiaba algunas de las medidas de la revolución, pero en secreto les hacía ver los peligros que esta revolución entrañaba para sus propios reina-dos y les pedía que interviniesen. Luis XVI era claramente un traidor a su propio pueblo. A él se le sumaba una gran cantidad de nobles que habían escapado del país y que se organizaban para volver con un ejército mercenario. Muchos nobles que no alcanzaron a escapar o que no lo vieron como necesario se organizaban en secreto dentro de Francia para una asonada contrarrevolucionaria. Muchos también pagaron caro por su actitud contrarrevolucionaria: terminaron guillotinados.

La historia burguesa le asigna un papel muy importante al financista Necker que ejerció de ministro de economía y que fue destituido y vuelto a su puesto. En realidad, Necker no podía llevar adelante las transformaciones que se necesitaban para mejorar la economía. No se trataba solamente de disminuir los gastos de la corona, eso era un pelo de la cola, el problema estaba en terminar con el poder feudal y su modo de producción y transformar las relaciones de producción tanto en el campo como en las ciudades. Eso permitiría el desarrollo de la revolución industrial que en Francia todavía penaba respecto a Inglaterra. Necker para mí no juega ningún papel importante y decisivo en esta situación.

El 21 de junio el rey y la reina se fugan intentando salir del país. Era claramente un acto de traición a su pueblo, sobre todo, que se les había mantenido en el Poder a pesar de los abusos cometidos y de la represión armada ordenada por el rey en contra de la nueva Guardia Nacional. Pero, fueron descubiertos a pesar del disfraz del rey, apre-sados y devueltos a París.

Las contradicciones dentro de la Asamblea Constituyente entre girondinos más el pantano y por el otro lado los jacobinos y los cordeleros se agudizaron, porque los girondinos se oponían a la abolición del régimen monárquico, que era ahora repudiado por la inmensa mayoría de la población. Fue, en ese momento, que los jacobinos se dividieron: una parte se alió con los cordeleros y la otra parte formó el club de los Feuillants aliados a los girondinos y al pantano. Los cordeleros más los jacobinos convocaron a una gran manifestación pacífica en el Campo de Marte el día 17 de julio, para pedir la deposición y el enjuiciamiento del rey. La Guardia Nacional dirigida por Lafayette, un aliado de los girondinos, los reprimió causando muchos muertos y heridos. Doscientos manifestantes fueron arrestados, lo que obligó a los dirigentes de los cordeleros, entre ellos Dantón, a escapar y pasar a la clandestinidad. Al apoyar estos execrables actos, los girondinos y los Feuillants pasaban a integrar las filas de la contrarrevolución.

Mientras hervía el ánimo revolucionario de las masas, el rey, la nobleza y sus aliados del pantano, en secreto, concentraban tropas en el palacio de las Tullerías, traídas desde las provincias para dar un golpe contrarrevolucionario.

Es el anochecer del 10 de agosto. Una columna aguerrida formada por batallones de obreros y campesinos marcha contra el palacio real. Es la nueva Guardia Nacional, una guardia republicana, una guardia abigarrada que cantan “marchemos, marchemos”. Esa tarde se toma el palacio después de una cruenta lucha que cobra la vida de más de 500 patriotas. El rey y la reina escapan y se refugian en el edificio de la Asamblea Legislativa, pero son detenidos. Con este acto cae la monarquía y nace una nueva época en Francia y Europa, y también no menos importante es para el resto del mundo colonial. En toda Europa y América surgen los movimientos republicanos.

La revolución francesa -así como hoy lo hizo el levantamiento del pueblo de Túnez en la primavera de los pueblos árabes-, ejerció una enorme influencia en revolucionarios del continente americano, especialmente en las colonias española y portuguesa. Como resultado de este levantamiento, el Poder pasó prácticamente a manos de la Comuna revolucionaria de París, en la cual los cordeleros y jacobinos son mayoría. En septiembre, al cumplir su mandato, dejó de existir la Asamblea Constituyente y asumió la Asamblea Legislativa. En esta asamblea, las contradicciones entre los que son verdaderos revolucionarios y los que en apariencia lo son, entre jacobinos y cordeleros por un lado y los girondinos, que en los textos de historia escritos por los gobiernos burgueses denominan “moderados” y sus aliados, el pantano, se agudizaron de tal forma que, inevitablemente, una de esas fuerzas tenía que aplastar a la otra. Las alternativas eran la revolución o la contrarrevolución. Y los debates fueron cada vez más acalorados y como las contradicciones se agudizaron de tal forma que a partir de ese momento, se les puede considerar como enemigos.

Aquí se evidencia como los girondinos y los seguidores de Brissot, sólo apoyaban la revolución dentro de estrechos marcos que no significaran poner en peligro el sistema. Eran apenas reformistas. Le demagogia de ellos queda demostrada al apoyar a la monarquía, a pesar de la traición de esta al país. Ellos no contaban con que las masas de pequeños-burgueses, obreros y gente humilde de París, los sans-culottes, se transformarían en una masa revolucionaria. Y esa masa luego los abandonó y apoyó a los cordeleros y a los jacobinos. Contra el parecer de Brissot y de los girondinos, 47 de las 48 cabe-ceras comunales de París votan por la deposición del rey. La suerte de Luis XVI estaba echada. “Esta primera fase de la historia de Convención está marcada, por cierto, por el duelo reñido y ácido entre la gironda y la montaña, el cual termina por arrojar de la Convención a los seguidores de los primeros por un nuevo levanta-miento popular que empieza en junio de 1973”8. Todo el apoyo con que contaban los girondinos en París, que era mayor que el apoyo con que contaban los jacobinos unidos a los cordeleros, se fue esfumando por la actitud vacilante de sus líderes frente a la suerte de la monarquía y la república. Aunque dentro de la Convención eran muy fuertes, ya no lo eran en las calles parisienses. Aún así, lograron que la Convención declarara ilegal la Comuna Revolucionaria de París ─cuestión que tuvo que ser aceptada por los jacobinos─, pero con eso perdieron aún más el apoyo de los sans-culottes. Al final, perdieron también la batalla por el rey y éste fue enjuiciado y guillotinado el 21 de enero de 1793.

La ejecución de Luis XVI conmocionó a las monarquías europeas. No olvidemos que en esa época todavía se sostenía que la autoridad real, el Poder era cuestión divina. Sólo le rendían cuenta a Dios. Ahora las masas los deponían y los ejecutaban, algo que no podía ser tolerado y, por tanto, había que poner orden en Francia. El Poder pasaba de Dios ahora a manos del pueblo. Inglaterra, Holanda, y España se unieron a Austria y Prusia para derrotar a la revolución. Organizaron un ejército conjunto para poner orden en el patio de Europa. La entrada del ejército revolucionario francés en Bélgica causó una enorme impresión en las masas belgas, sobre todo, que estos soldados gritaban a coro la consigna: “¡Paz a las cabañas, guerra a los palacios!” Eran recibidos con flores y vivas, como se recibe a los libertadores.

Este ejército revolucionario y popular que ya había derrotado en Valmy a los ejércitos austriaco y prusiano el 20 de septiembre de 1792, después de la caída de la monarquía, ahora estaba amenazado por fuerzas muy superiores. Las privaciones, el bloqueo y el cierre de fronteras, más la vacilación dentro de la Convención y los contrarrevolucionarios que actuaban en las sombras, provocó la profundización de la crisis económica y esta crisis, que siempre golpea en todas partes a los más humildes, agobiaba al pueblo francés. Las masas populares reaccionaron imponiendo por la fuerza un máximo a los precios de las mercaderías más básicas. El máximo fue apoyado por un grupo de cordeleros entre los que sobresalían Roux, Leclerc y Varlet. Los girondinos, para desprestigiarlos les pusieron el remoquete de “los rabiosos”. Estos revolucionarios exigían que se reprimiera a los especuladores y a los acaparadores. Los girondinos, defendiendo los intereses de los capitalistas y los mercaderes, o sea el derecho de propiedad, se opusieron terminantemente. Los jacobinos también al principio se oponían, pero después, comprendiendo que no había otra alternativa, se sumaron a los “rabiosos”, aunque no por cuestión de principios. En ellos subsistía la contradicción entre ser representantes de su clase o representantes de los intereses de las masas populares.

Estos no fueron los únicos actos reprobables de los girondinos. “En lo que se refiere al problema agrario, los girondinos también seguían una política antipopular. Ya en el otoño de 1792 consiguieron prácticamente la anulación de los decretos de agosto, ventajosos para los pobres del campo, sobre la venta de las tierras de los emigrados”9. Se trataba de las tierras de los terratenientes y de los barones que habían escapado a la guillotina y que hasta ese tiempo habían sido abusivos explotadores. Los girondinos protegían sus intereses. Pero la actitud de los girondinos no fue perdonada por las masas, especialmente los sans-culottes. Ellos pedían que se limpiase la Convención (que ahora ocupaba el palacio de las Tullerías) de girondinos traidores. En ese momento, políticamente más cercano a las masas se encontraban “los rabiosos”, del club de los cordeleros, dirigidos por Jacques Roux ─el “cura rojo” de la seccional de Gravillier─, que los mismos jacobinos. El poder despertado de las masas obligó a los jacobinos a sumarse a los rabiosos y a la exigencia de los sans-culottes y es así como 22 diputados girondinos son expulsados de la Convención y puestos en arresto domiciliario. El 31 de mayo se inicia un movimiento de masas que exige la deposición del resto del pantano y girondinos pro monárquicos y 20.000 sans-culottes rodean las Tullerías y arrestan a 29 diputados y dos ministros. Todos quedan en arresto domiciliario. En verdad, detrás de estas acciones revolucionarias no estaban comprometidos sólo los jacobinos, sino diferentes grupos y personas influyentes en las masas, y no menos que ellos, “los rabiosos” de Roux. Tanto los girondinos como los Feuillants eran un obstáculo para la consecución de la revolución de carácter democrático-burguesa que se estaba desarrollando en Francia.

A partir de estas acciones, los jacobinos se aseguraron una mayoría dentro de la Convención lo que les permitió aprobar una nueva Constitución en junio de 1793. Esta era más democrática que la anterior aprobada durante la mayoría de los girondinos. El derecho a voto se extendía a todos los ciudadanos de sexo masculino, sin distinción de “activos” y “pasivos”. Pero como lo expresaba Roux esta constitución no creaba los medios para poner fin a la pobreza. Esta constitución estableció el régimen republicano, el régimen más avanzado de toda Europa. La misma “Declaración de los derechos del hombre” aprobada en 1789 era la más avanzada que se había implementado hasta ese momento en Europa y sirvió de base para muchas leyes europeas y americanas. Aunque los franceses fueron inconsecuentes con ella, por cuanto continuaron con la esclavitud en sus colonias. El artículo primero decía: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común”. Los hombres de esa época no estaban conscientes de que hombres eran todos, tanto los europeos, como los asiáticos, africanos, americanos, indígenas, etc. Sólo a fines de 1794 queda abolida la esclavitud, al menos por ley, y por consiguiente el tráfico de esclavos que se hacía desde el continente africano.

La situación en Francia en ese momento era caótica: el ejército revolucionario se encontraba en retirada ante el empuje de una fuerza mayor; en algunos lugares del campo la contrarrevolución había lo-grado organizarse y armarse como en la Vendeé; la flota inglesa, muy superior a la francesa bloqueaba los puertos principales del país; surgía el terrorismo contrarrevolucionario y los atentados personales, y en uno de ellos muere Marat acuchillado por la joven de diecisiete años Carlota Corday. Esta joven terminaría sus días en la guillotina por haber cometido ese crimen político. Muchos adolescentes de ambos sexos fueron guillotinados durante lo que se llamó “el período del terror”.

En esos instantes lo único que se imponía era un gobierno fuerte y ejecutivo. Robespierre acostumbraba decir que lo que se necesitaba para estabilizar el país y la república era una voluntad política única. Los campesinos fueron los primeros en ser beneficiados por el nuevo gobierno presidido por los jacobinos y Robespierre al timón de él. Se decretó la devolución de las tierras que habían sido expropiadas a los nobles y que antes eran de propiedad de los campesinos. Además, se abolió los impuestos feudales y otras medidas revolucionarias. Estas medidas fueron determinantes para que los campesinos en su gran mayoría apoyasen a la Convención.

La Convención tenía un buró político, ejecutivo: el Comité de Salud Pública, que lo integraban 10 personas y que en ese momento era encabezado por Robespierre que era el único que no tenía una cartera ministerial. A este comité se encontraban subordinados tanto los ministerios como el ejército. La política interior como la exterior estaba dentro de sus atribuciones. Era, en realidad, el verdadero gobierno de Francia. Los éxitos del comité no se hicieron esperar. Primero, puso orden en la economía: los Asignados que se habían desvalorizado en agosto de 1793 en un 22%, empezaron a recobrar su valor y ya en diciembre se habían revaluado en un 48%. Segundo, el aprovisionamiento de las ciudades de comestibles básicos se estabilizó. Tercero, se realizó una especie de reforma agraria poniendo a la venta las tierras que habían sido expropiadas a los nobles, aunque se cometió una cierta injusticia porque los beneficiados fueron más bien los campesinos ricos. Cuarto, el ejército contrarrevolucionario de la Vendeé fue derrotado definitivamente. Quinto, se restableció la autoridad de la república en las zonas llamadas “federadas” que perseguían restar territorio a la república y continuar bajo la férula de un régimen monárquico. Sexto, se logró terminar con el bloqueo del puerto francés de Toulon que la flota inglesa mantenía desde meses. Todo eso gracias a un joven oficial de artillería que demostró más tarde ser un genio militar: Napoleón Bonaparte. Séptimo, se implementó el sistema métrico decimal que existe hasta hoy día universalmente. Fue una creación de los científicos franceses inspirados en las ideas libertarias. Y por último, como una de las grandes medidas de este Comité de Salud Pública fue la creación de un fuerte ejército, bien adiestrado y bien dotado que pasó a ser el más fuerte de Europa, gracias al genio organizador y creador de un hombre que Napoleón llegó a admirar: Lázaro Carnot, un eminente matemático e ingeniero.

Durante este gobierno se cometieron muchos atropellos a los derechos humanos. Mucha gente fue ajusticiada en la guillotina, entre ellos, una buena parte de los diputados girondinos, Dantón que vaciló en un momento y entró a conspirar con los girondinos fue también llevado al cadalso. Pero, en honor a la verdad, el período llamado “del terror” fue en gran parte producto de las exigencias de las masas y sobre todo, de los sans-culottes que dominaban las secciones de París. Muchos de los especuladores y acaparadores terminaron sus días en la guillotina. Pero para ser justos hay que reconocer que las medidas extremas contra los derechos humanos ocurrieron mucho antes de que los jacobinos tomasen en sus manos el gobierno. Ya en agosto de 1792 las cárceles de París habían sido allanadas por fuertes contingentes de sans-culottes que habían ajusticiado cerca de 1400 personas, la mayoría de la nobleza y del clero y también algunos criminales comunes. Esos hechos se conocen como “los asesinatos de septiembre”. Fueron ultimados a golpes, cuchilladas, sablazos y ensartados con picas por una turba de asesinos a sueldo del nuevo Estado. Fueron actos de barbarie en los que no se perdonaba a nadie, ni la edad, ni el sexo importaban, tampoco si realmente eran o no culpables. Los juicios sólo eran formales para justificar algún tipo de justicia. El “Infierno” de Dantes quedó como un paraíso comparado con esas terribles ejecuciones. Pero lo peor ocurriría después, cuando se sometieron las ciudades federadas pro monárquicas por medio de la guerra y de la violencia. El caso de la ciudad de Lyon es patético. Dice Lamartine: “Toda una generación pereció en Lyon, confundiéndose en el cadalso personas de condiciones diversas, de opuesto nacimiento y de diferente fortuna, personas que, al principio de la revolución, habían abrazado diferentes opiniones, pero que la sublevación unió, por último, en un mismo crimen y castigo: el clero, la nobleza, la clase media, el comercio y el pueblo sufrieron la misma suerte. No se escapó de la cárcel casi ningún ciudadano a quien señalara un delator, un envidioso o un enemigo, pues la muerte dejó escapar a muy pocos encarcelados”10.

Los excesos cometidos por los destacamentos de la Guardia Nacional y de las bandas de asesinos a sueldo contra la nobleza y el clero, especialmente, y contra otras personas de la pequeña-burguesía y trabajadores en general, terminaron por alejar a las masas de los jacobinos, cordeleros y la montaña, y aproximarlos a los restos de los girondinos y del pantano. Además, el hecho de que los jacobinos mantuviesen vigente la ley Chapelier que perjudicaba en general a las clases oprimidas, influenció en una gran parte de los sans-culottes para alejarse de Robespierre y sus camaradas. Y sin su apoyo masivo estaban bailando en la cuerda floja. Por otro lado, los otros miembros de la Convención temían ser encarcelados en cualquier momento y terminar en la guillotina. Y el miedo los hizo actuar. Se conjuraron y apresaron a Robespierre, Couthon, Saint-just y otros el 27 de julio de 1794 -en el calendario de esa época: el día 9 del termidor-, y fueron llevados detenidos. La Comuna de París se insurreccionó contra la Convención y tuvieron que ser liberados, pero por poco tiempo. La Convención declaró a la Comuna de París y a los jacobinos fuera de la ley. Como las secciones de París se encontraban divididas entre partidarios de los jacobinos y en enemigos y neutrales, el apoyo a los jacobinos fue insuficiente. La Guardia Nacional los detuvo de nuevo junto a los dirigentes de la Comuna de París. El 28 de julio subieron al cadalso. Este hecho pone punto final a la revolución francesa, pero no a la república. Aunque después, Napoleón Bonaparte se erigiría en emperador de Francia y emprendería una cruzada bélica por toda Europa, por un tiempo desaparecería la república, pero no sus leyes. De hecho, Napoleón las mejoró con el “código de Napoleón”11. Posteriormente, a la caída de Napoleón, regresaron los nobles y recobró el trono la realeza Borbón en la persona de Luis XVIII, pero no duró mucho y la clase burguesa siguió en el Poder, como clase dominante.

La Revolución Francesa no sólo provocó el cambio de elites en la superestructura de esa sociedad, el cambio de la nobleza por la burguesía, también, puso término a la producción artesanal, fue el principio del fin del taller y de los artesanos como la principal fuerza productiva. Fue reemplazada, como ya había ocurrido en Inglaterra, por la industria y la manufactura, el hombre por la máquina. Aunque los artesanos y el taller siguieron existiendo paralelamente a la industria, hasta hoy en día, ya no podían competir con la naciente industria que abarataba los costos. El capitalismo triunfaría sobre el feudalismo. El campesino francés sería más bien un pequeño productor sin las trabas aduaneras y las relaciones de producción feudales. Dice Engels que esta revolución “fue la primera que llevó realmente la batalla hasta la destrucción de uno de los dos combatientes, la aristocracia, y el triunfo completo de otra, la burguesía. [...] En Francia, la revolución rompió plenamente con las tradiciones del pasado, barrió los últimos vestigios del feudalismo y creó con el Código Civil, una adaptación magistral a las relaciones capitalistas modernas del antiguo Derecho romano”12.

Notas:

1) J. M. Páramo. Conflicto. Estrategia. Política. Página 81.

2) Federico Engels. Del socialismo utópico al socialismo científico. Tomo III de las Obras Escogidas de Marx y Engels. Página 123 y 124.

3) A. Manfred y N. Smirnov. La revolución francesa y el imperio de Napo-león. Página 27.

4) Ibis. Página 12.

5) A. de Lamartine. Historia de la Revolución Francesa, tomo II. Página 609.

6) Karl Marx. El Capital. Capítulo XXIV. Tomo II de las Obras Escogidas de Marx y Engels. Página 130.

7) A. Manfred y N. Smirnov. La revolución francesa y el imperio de Napo-león. Página 24.

8) George Rudé. Det revolutionära Europa 1783-1815. Página 118.

9) A. Manfred y N. Smirnov. La revolución francesa y el imperio de Napo-león. Página 43.

10) A. de Lamartine. Historia de la Revolución Francesa. Página 554.

11) El Código Civil francés, llamado también Código de Napoleón es uno de los más conocido códigos civiles del mundo. Fue aprobado por la ley el 24 de marzo de 1804 y todavía se encuentra en vigencia.

12) Federico Engels. Del socialismo utópico al socialismo científico. Tomo III de las Obras Escogidas de Marx y Engels. Página 112.

http://cultural.argenpress.info/

 

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2 comentarios to “La Revolución Francesa”

  1. MUY BUENA ESTA SINTESIS PARA ESTUDIANTES Y AMANTES DEL SABER.

    FELIPE

  2. ESTA LITERATURA DESPIERTA EN EL INDIVIDUO LA CONCIENCIA SOCIAL Y LA CRITICA A LOS SISTEMAS POLÍTICOS, POR TAL RAZÓN HA SIDO RETIRADA DE LAS ESCUELAS Y SOLO SE MENCIONAN ESTOS ACONTECIMIENTOS DE MANERA MUY SUPERFICIAL. LAMENTABLE

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