Sader, Emir.
Tomado del Libro: La Venganza de la Historia. Hegemonía y contra-hegemonía en la construcción de un nuevo mundo posible Emir Sader CLACSO. http://www.clacso.org.ar/
La Venganza de la Historia. (Descargar Libro)
Ningún siglo fue más “histórico” que el siglo pasado, en el sentido que ninguno supuso mudanzas y transformaciones tan radicales del movimiento histórico, en diferentes sentidos y en un espacio relativamente tan corto de tiempo. Basta decir que una parte de la humanidad rompió con el capitalismo, inaugurando una época de polarización capitalismo/socialismo; posteriormente, una parte de esa parte resolvió volver al capitalismo. Lo que, en otras palabras, significa que ni “la historia camina para el socialismo” ni “el fin de la historia” desembocó en el capitalismo. Esto es, no hay teología en la historia. En vez de caminar y conducir a los hombres en una determinada dirección, la historia es construida y reconstruida por la lucha concreta de los hombres, a partir de las condiciones históricas que estos encuentran, es cierto, pero siempre hacia condiciones nuevas.
Simplemente porque el hombre, al contrario de otros animales, es un ser histórico; se diferencia de los otros animales, antes que nada, por su capacidad de trabajo y, de tal forma, de transformación permanente del mundo. La formulación de Marx -presente de manera más concentrada en La ideología alemana- revolucionó el pensamiento social y las formas en que el hombre se piensa a sí mismo. No apenas por ese carácter histórico, sino especialmente porque la transformación del mundo se hace en función de la necesidad humana de sobrevivencia y acontece, por lo tanto, como regla general, sin que el hombre tenga conciencia de las transformaciones que está operando. De allí el dramatismo de la pequeña frase del prólogo de “El Capital”: “Ellos hacen, pero no saben”. Hacen historia, sin conciencia de que la están haciendo. Ahí está la doble condición de los trabajadores en la obra de Marx y en la realidad del capitalismo: agentes de construcción de la riqueza y objetos de explotación y de alienación, porque éstas se insertan exactamente en el hiato entre el hacer y su conciencia. De allí la centralidad siempre presente de estos dos conceptos -explotación y alienación- para el pensamiento social y para todos los que quieran comprender la realidad del mundo contemporáneo. La historicidad del hombre y la dinámica histórica son así inseparables de los conceptos de explotación y de alienación: el primero, para explicar la acumulación de riqueza; el segundo, para explicar la dinámica de la lucha de clases.
Los fines de la historia
No obstante, la historia fue evocada como garantía de triunfo para tantos victoriosos y derrotados -siempre efímeros, porque históricos. Nunca se cambió tanto de hegemonía o nunca la hegemonía estuvo tan abierta, a pesar de que una visión retrospectiva podría dar la impresión de que la súper hegemonía en que terminó el siglo XX ya estaba trazada.
Quien -como yo- nació en 1943, vino al mundo en plena guerra mundial, fue contemporáneo de la bomba de Hiroshima, de los acuerdos de fin de guerra, del surgimiento del mundo bipolar (incluyendo el entonces llamado “campo socialista”, con su extensión a Europa Oriental), de la revolución china, de la guerra de Corea, apenas en lo que sería nuestra primera década de vida. En una sola década se pasó de la disputa hegemónica entre el bloque occidental -en el cual ascendían los Estados Unidos como potencia líder confrontando con el bloque cuyo liderazgo era disputado por Alemania- a la disputa, por primera vez en la historia de la humanidad, entre un bloque capitalista y un bloque socialista. En este marco, la revolución china condujo al país más populoso del mundo a sumarse al bloque socialista, en la mayor transformación de la historia de China en siglos.
En aquel momento los vietnamitas derrotaban en su territorio el poderío colonial francés, revelando el potencial de ampliación de ese movimiento en Asia. La lucha anticolonial tenía no sólo un aspecto anti-imperialista, sino que presentaba un potencial anti-capitalista, que en pocos años se generalizaría en la mayor lucha de resistencia al imperio norteamericano. Al mismo tiempo, la revolución boliviana, aquí al lado, tan poco conocida entre nosotros, realizó una radical reforma agraria, sustituyó el ejército por milicias populares y nacionalizó las principales minas del país, en el medio de una inmensa movilización popular, de obreros y campesinos.
La conciencia política de mi generación fue simultánea a otra revolución, que marcaría toda nuestra trayectoria: la revolución cubana. En mi caso, la primera acción política que realicé, a los 15 años, como militante de izquierda, fue exactamente distribuir un diario, Ação Socialista, que estampaba en la primera página la foto de un grupo de barbudos, posando como un equipo de fútbol, en una remota región entonces conocida como “América Central” (el Caribe no existía todavía con ese nombre).
Aunque en aquel momento la distancia entre la revolución china y la cubana pareciese grande, a escala histórica es mínima: apenas diez años separan los dos grandes movimientos, revelando los densos y turbados tiempos en que se vivía. Para comparar basta pensar que el período que transcurrió entre la revolución cubana y la nicaragüense fue el doble de tiempo -1959 y 1979- y la distancia entre la revolución rusa y la china fue de 32 años. Aún así, de 1917 a 1959, pasaron apenas 42 años, un espacio de tiempo todavía pequeño para la historia.
La extensión rápida e impresionante del campo socialista parecía confirmar las tesis soviéticas de que “el mundo camina para el socialismo” y que “la rueda de la historia no vuelve para atrás”. Hacia finales de los años cuarenta, la Unión Soviética había consagrado en su nueva Constitución que el país entraba ya en la fase de construcción del comunismo, apenas veinte años después de la victoria de la revolución, aunque esto pasara en Rusia, un país semiperiférico del capitalismo. Ya habrían sido abolidas las clases y sus contradicciones, a pesar del fortalecimiento cada vez mayor del Estado soviético, atribuido a la necesidad de defensa del enemigo externo. Una primera versión del “fin de la historia” fue incorporada en aquel momento por la potencia, que creía ser la vencedora del combate histórico6. La historia no tardaría en vengarse.
La dimensión que asumió el entonces denominado “movimiento comunista internacional”, si incluimos los estados que lo integraban, los partidos, los movimientos sindicales, los movimientos culturales, las editoriales y la influencia que tuvo, difícilmente pueda ser aprehendida por quien no vivió las décadas de hegemonía de tales fuerzas sobre el conjunto de la izquierda. Pocos podrán imaginar -para tener una idea de la fuerza de ese movimiento- las dificultades de ser militante de izquierda en otras organizaciones que no fueran los partidos comunistas. Estos tenían como retaguardia no sólo el “socialismo realmente existente”, sino que además aparentemente se inscribían de forma inexorable en la lógica concreta de la historia, que consagraba por las vías de hecho el modelo soviético como el sistema que negaba o superaba el capitalismo. La fuerza comunista en el movimiento sindical y la extensa red mundial de los partidos comunistas parecían confirmar la adhesión de la clase trabajadora a este movimiento aparentemente irreversible de la historia.
La bipolaridad mundial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, mirada desde la actualidad, parece un fenómeno lejano y de difícil evaluación sobre sus reales proporciones. Bastaría citar la tesis del entonces secretario de Estado norteamericano del presidente Eisenhower, Foster Dulles, al referirse a Anastácio Somoza (padre): “Es un hdp, pero es nuestro hdp” (“It’s a son of bitch, but it’s our son of bitch”), para tener una idea de cómo todo era iluminado por las luces del alineamiento de uno u otro lado de los dos bloques.
Tal vez más significativa haya sido la evolución de la posición china, como efecto indirecto de la polarización entre las dos superpotencias. Inicialmente alineada con la Unión Soviética, en el período de dirección de Stalin, China comenzó a desenvolver divergencias con Moscú a medida que el proceso de desestalinización fue puesto en práctica. Al mismo tiempo, consolidado el proceso de industrialización de base, en tanto la Unión Soviética fue pasando a definir el estilo de consumo de bienes de la industria liviana, China pasó a acusar un proceso de adopción de formas de consumo y vida “burgueses”. Gradualmente, China comenzó a acusar a la Unión Soviética de ser una potencia imperialista y a calificar el cuadro político mundial como la lucha entre “dos imperialismos”. Este análisis fue evolucionando hacia la caracterización de la Unión Soviética como la “potencia ascendente”-y por eso más peligrosa- y los Estados Unidos como la “potencia decadente”. A partir de allí comenzó la denominada “diplomacia del ping-pong” iniciada sorprendentemente por Mao Tse-Tung y Richard Nixon en 1981, estableciendo una alianza “contra el imperialismo soviético”, en lenguaje chino.




























































