La historia y sus venganzas

Sader, Emir.

 

 

 

 

 

Tomado del Libro: La Venganza de la Historia. Hegemonía y contra-hegemonía en la construcción de un nuevo mundo posible Emir Sader CLACSOhttp://www.clacso.org.ar/

La Venganza de la Historia. (Descargar Libro)

 

Ningún siglo fue más “histórico” que el siglo pasado, en el sentido que ninguno supuso mudanzas y transformaciones tan radicales del movimiento histórico, en diferentes sentidos y en un espacio relativamente tan corto de tiempo. Basta decir que una parte de la humanidad rompió con el capitalismo, inaugurando una época de polarización capitalismo/socialismo; posteriormente, una parte de esa parte resolvió volver al capitalismo. Lo que, en otras palabras, significa que ni “la historia camina para el socialismo” ni “el fin de la historia” desembocó en el capitalismo. Esto es, no hay teología en la historia. En vez de caminar y conducir a los hombres en una determinada dirección, la historia es construida y reconstruida por la lucha concreta de los hombres, a partir de las condiciones históricas que estos encuentran, es cierto, pero siempre hacia condiciones nuevas.

 

Simplemente porque el hombre, al contrario de otros animales, es un ser histórico; se diferencia de los otros animales, antes que nada, por su capacidad de trabajo y, de tal forma, de transformación permanente del mundo. La formulación de Marx -presente de manera más concentrada en La ideología alemana- revolucionó el pensamiento social y las formas en que el hombre se piensa a sí mismo. No apenas por ese carácter histórico, sino especialmente porque la transformación del mundo se hace en función de la necesidad humana de sobrevivencia y acontece, por lo tanto, como regla general, sin que el hombre tenga conciencia de las transformaciones que está operando. De allí el dramatismo de la pequeña frase del prólogo de “El Capital”: “Ellos hacen, pero no saben”. Hacen historia, sin conciencia de que la están haciendo. Ahí está la doble condición de los trabajadores en la obra de Marx y en la realidad del capitalismo: agentes de construcción de la riqueza y objetos de explotación y de alienación, porque éstas se insertan exactamente en el hiato entre el hacer y su conciencia. De allí la centralidad siempre presente de estos dos conceptos -explotación y alienación- para el pensamiento social y para todos los que quieran comprender la realidad del mundo contemporáneo. La historicidad del hombre y la dinámica histórica son así inseparables de los conceptos de explotación y de alienación: el primero, para explicar la acumulación de riqueza; el segundo, para explicar la dinámica de la lucha de clases.

Los fines de la historia

No obstante, la historia fue evocada como garantía de triunfo para tantos victoriosos y derrotados -siempre efímeros, porque históricos. Nunca se cambió tanto de hegemonía o nunca la hegemonía estuvo tan abierta, a pesar de que una visión retrospectiva podría dar la impresión de que la súper hegemonía en que terminó el siglo XX ya estaba trazada.

Quien -como yo- nació en 1943, vino al mundo en plena guerra mundial, fue contemporáneo de la bomba de Hiroshima, de los acuerdos de fin de guerra, del surgimiento del mundo bipolar (incluyendo el entonces llamado “campo socialista”, con su extensión a Europa Oriental), de la revolución china, de la guerra de Corea, apenas en lo que sería nuestra primera década de vida. En una sola década se pasó de la disputa hegemónica entre el bloque occidental -en el cual ascendían los Estados Unidos como potencia líder confrontando con el bloque cuyo liderazgo era disputado por Alemania- a la disputa, por primera vez en la historia de la humanidad, entre un bloque capitalista y un bloque socialista. En este marco, la revolución china condujo al país más populoso del mundo a sumarse al bloque socialista, en la mayor transformación de la historia de China en siglos.

En aquel momento los vietnamitas derrotaban en su territorio el poderío colonial francés, revelando el potencial de ampliación de ese movimiento en Asia. La lucha anticolonial tenía no sólo un aspecto anti-imperialista, sino que presentaba un potencial anti-capitalista, que en pocos años se generalizaría en la mayor lucha de resistencia al imperio norteamericano. Al mismo tiempo, la revolución boliviana, aquí al lado, tan poco conocida entre nosotros, realizó una radical reforma agraria, sustituyó el ejército por milicias populares y nacionalizó las principales minas del país, en el medio de una inmensa movilización popular, de obreros y campesinos.

La conciencia política de mi generación fue simultánea a otra revolución, que marcaría toda nuestra trayectoria: la revolución cubana. En mi caso, la primera acción política que realicé, a los 15 años, como militante de izquierda, fue exactamente distribuir un diario, Ação Socialista, que estampaba en la primera página la foto de un grupo de barbudos, posando como un equipo de fútbol, en una remota región entonces conocida como “América Central” (el Caribe no existía todavía con ese nombre).

Aunque en aquel momento la distancia entre la revolución china y la cubana pareciese grande, a escala histórica es mínima: apenas diez años separan los dos grandes movimientos, revelando los densos y turbados tiempos en que se vivía. Para comparar basta pensar que el período que transcurrió entre la revolución cubana y la nicaragüense fue el doble de tiempo -1959 y 1979- y la distancia entre la revolución rusa y la china fue de 32 años. Aún así, de 1917 a 1959, pasaron apenas 42 años, un espacio de tiempo todavía pequeño para la historia.

La extensión rápida e impresionante del campo socialista parecía confirmar las tesis soviéticas de que “el mundo camina para el socialismo” y que “la rueda de la historia no vuelve para atrás”. Hacia finales de los años cuarenta, la Unión Soviética había consagrado en su nueva Constitución que el país entraba ya en la fase de construcción del comunismo, apenas veinte años después de la victoria de la revolución, aunque esto pasara en Rusia, un país semiperiférico del capitalismo. Ya habrían sido abolidas las clases y sus contradicciones, a pesar del fortalecimiento cada vez mayor del Estado soviético, atribuido a la necesidad de defensa del enemigo externo. Una primera versión del “fin de la historia” fue incorporada en aquel momento por la potencia, que creía ser la vencedora del combate histórico6. La historia no tardaría en vengarse.

La dimensión que asumió el entonces denominado “movimiento comunista internacional”, si incluimos los estados que lo integraban, los partidos, los movimientos sindicales, los movimientos culturales, las editoriales y la influencia que tuvo, difícilmente pueda ser aprehendida por quien no vivió las décadas de hegemonía de tales fuerzas sobre el conjunto de la izquierda. Pocos podrán imaginar -para tener una idea de la fuerza de ese movimiento- las dificultades de ser militante de izquierda en otras organizaciones que no fueran los partidos comunistas. Estos tenían como retaguardia no sólo el “socialismo realmente existente”, sino que además aparentemente se inscribían de forma inexorable en la lógica concreta de la historia, que consagraba por las vías de hecho el modelo soviético como el sistema que negaba o superaba el capitalismo. La fuerza comunista en el movimiento sindical y la extensa red mundial de los partidos comunistas parecían confirmar la adhesión de la clase trabajadora a este movimiento aparentemente irreversible de la historia.

La bipolaridad mundial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, mirada desde la actualidad, parece un fenómeno lejano y de difícil evaluación sobre sus reales proporciones. Bastaría citar la tesis del entonces secretario de Estado norteamericano del presidente Eisenhower, Foster Dulles, al referirse a Anastácio Somoza (padre): “Es un hdp, pero es nuestro hdp” (“It’s a son of bitch, but it’s our son of bitch”), para tener una idea de cómo todo era iluminado por las luces del alineamiento de uno u otro lado de los dos bloques.

Tal vez más significativa haya sido la evolución de la posición china, como efecto indirecto de la polarización entre las dos superpotencias. Inicialmente alineada con la Unión Soviética, en el período de dirección de Stalin, China comenzó a desenvolver divergencias con Moscú a medida que el proceso de desestalinización fue puesto en práctica. Al mismo tiempo, consolidado el proceso de industrialización de base, en tanto la Unión Soviética fue pasando a definir el estilo de consumo de bienes de la industria liviana, China pasó a acusar un proceso de adopción de formas de consumo y vida “burgueses”. Gradualmente, China comenzó a acusar a la Unión Soviética de ser una potencia imperialista y a calificar el cuadro político mundial como la lucha entre “dos imperialismos”. Este análisis fue evolucionando hacia la caracterización de la Unión Soviética como la “potencia ascendente”-y por eso más peligrosa- y los Estados Unidos como la “potencia decadente”. A partir de allí comenzó la denominada “diplomacia del ping-pong” iniciada sorprendentemente por Mao Tse-Tung y Richard Nixon en 1981, estableciendo una alianza “contra el imperialismo soviético”, en lenguaje chino.

Este alineamiento ya había llevado a China a tomar posiciones hasta entonces imposibles de aceptar en el campo de la izquierda como la de apoyar las guerrillas de Jonas Savimbi contra el gobierno angoleño, porque estaría siendo sustentado por el “brazo armado del imperialismo soviético”-Cuba. Y haber apoyado el golpe militar de Pinochet, que según palabras de éste había impuesto la primera derrota a escala mundial a la Unión soviética. Sería imposible explicar estas posiciones al margen del efecto polarizador de la Guerra Fría entre las dos superpotencias. La historia también se vengaría de estos análisis, con el desmoronamiento de la Unión Soviética, aflorando con toda su fuerza la superpotencia norteamericana.

Pero cuando para nosotros, situados debajo del Ecuador, surgió la revolución cubana, la historia parecía descongelarse. Hasta entonces la revolución era un fenómeno histórico: la revolución francesa, la revolución rusa, la china, la revolución mexicana, la boliviana. Parecía un fenómeno remoto, geográfica y políticamente. Estaba en los libros -en Lenin, en Trotsky, en Rosa Luxemburgo, en Isaac Deustscher, en Mao. Era posible, porque había sucedido y por las previsiones del pensamiento marxista, y era necesaria, por lo que se vivía del capitalismo.

El triunfo de los barbudos al llegar a La Habana en aquel 1ro. de enero traía lo que Lukács llamó “la actualidad de la revolución”7 para nuestro continente, y de la manera más sorprendente. No llegó por alguna insurrección de los trabajadores argentinos o brasileños. No era dirigida por algún partido comunista, ni hablaba su lenguaje. Venía en el medio de un movimiento antidictatorial, dirigido por un grupo guerrillero -primero criticado y boicoteado por el partido comunista, que posteriormente adhirió al liderazgo de los guerrilleros-, independiente de la Unión Soviética y de China.

Las “lecciones de la historia” (o de la “Historia”, si se quisieran reimponer las sacralizaciones que fueron hechas en su nombre) parecían claras:

- la revolución llega por la vía insurreccional y no por la vía institucional;

- la revolución será realizada en consecuencia por movimientos guerrilleros, externos a los partidos comunistas, y no por estos;

- la lucha anti-imperialista y democrática lleva al socialismo;

- el socialismo llegó al continente y se extenderá por vías similares, de carácter insurreccional.

Era comprensible que la influencia de la revolución cubana fuese tan extensa. El continente entraba en un proceso de agotamiento de los modelos de desarrollo puestos en práctica como reacción a la crisis de 1929, proceso que había llevado a la caída de Perón y de Getulio, entre sus efectos más visibles, que ya había inaugurado la era de las dictaduras militares con el golpe “gorila” en la Argentina en 1955 (fue entonces que se originó el término “gorila”), y que se extendería por el conjunto del Cono Sur en las dos décadas siguientes. Inmediatamente a continuación del triunfo cubano, cuando nos llegaban sus espectaculares realizaciones iniciales -como la campaña de alfabetización, la reforma urbana, la reforma agraria, la nacionalización de las grandes empresas extranjeras, la afirmación de la soberanía frente a los Estados Unidos, el armamento del pueblo, la fundación de la Casa de las Américas y sus eventos, etc.- vivíamos como telón de fondo el fracaso del programa de reformas de João Goulart, como una prueba suplementaria de la incapacidad del reformismo de promover pacíficamente las reformas que democratizasen el Brasil y realizasen la cuestión agraria y la cuestión nacional.

La revolución cubana tuvo una influencia mayor sobre América Latina que la revolución rusa sobre Europa, en su tiempo, porque las condiciones históricas de la Rusia zarista eran muy diferentes de las de la región occidental del continente, en cuanto en América Latina, a pesar de las diferencias entre la Cuba prerrevolucionaria y los otros países, éstas eran menores y permitían más comparaciones que en el caso europeo.

En Brasil, la revolución cubana coincidió con una ascensión sin precedentes del movimiento social, con la incorporación de los campesinos, de los funcionarios públicos, de los soldados, cabos y marineros e, inmediatamente, con la ruptura del estado de derecho por el golpe militar de 1964. Éste desató la crisis final del Partido Comunista como fuerza hegemónica en la izquierda brasileña, porque su estrategia llevó a un camino sin salida al movimiento popular -eludido en la existencia de una “burguesía nacional” antiimperialista, interesada en las “reformas de base” del gobierno João Goulart- y porque no estaba en condiciones de enfrentar las nuevas y duras condiciones de la resistencia clandestina. Paralelamente, perdía su fuerza social de apoyo y legitimación fundamental: el movimiento sindical, que funcionaba sujeto al Ministerio de Trabajo y no sobrevivió el pasaje de Estado aliado a férreo enemigo. Dentro del Partido Comunista Brasileño se inició inmediatamente un amplio debate, que acabaría generando movimientos favorables a la lucha armada contra el régimen militar, que enseguida se inspirarían en una interpretación reductiva de la revolución cubana.

Los tropiezos de los revolucionarios cubanos antes del triunfo, así como el carácter prolongado de la guerra de guerrilla -sea la china, la vietnamita, o la cubana-, permitían que las dificultades y los reveses fuesen computados como tropiezos necesarios antes de una victoria, que parecía cierta. La propia versión que Regis Debray dio en su tan bien escrito libro Revolución en la Revolución8, que demolía verbalmente todas las alternativas que no fuesen aquella fantasiosa versión de los “doce hombres”, el “pequeño motor”, que ponía en acción el “gran motor” -que se multiplicaban hasta el triunfo.

Más una vez la historia parecía avanzar irreversiblemente. En cuanto en Brasil el apelo a la dictadura parecía una confesión de incapacidad del capitalismo para continuar administrando sus intereses en democracia, Cuba, aquí cerca, en América Latina, reafirmaba la verdad de la revolución rusa: que la ruptura con el capitalismo era posible aún en países atrasados de la periferia capitalista.

La década de 1960 parecía venir a confirmar todo eso: el triunfo de los argelinos dirigidos por Ben Bella -una especie de Fidel del África-, la imbatible resistencia de los vietnamitas y la extraordinaria solidaridad mundial que recibieron para demostrar que un país pequeño podía derrotar la mayor superpotencia capitalista, si su causa fuese justa. Las barricadas de los movimientos estudiantiles revolucionarios de 1968 en Paris, y sus similares en Alemania, Japón y México, daban a nuestra propia resistencia la inserción en un movimiento mundial que encontraba su legitimidad también con lo que de mejor existía en el plano intelectual -de Sartre a los Beatles, de Chico Buarque a Evtuchenko.

El “campo socialista”, a su vez, parecía ampliarse irreversiblemente, con la incorporación de Cuba, de Vietnam, y hasta con las divergencias entre China y la Unión Soviética. Este parecía, incluso para los ojos de los “sovietólogos” norteamericanos, un régimen de una solidez inexpugnable, se gustara o no de su modelo. La teoría del totalitarismo, surgida frente al nazismo y actualizada para los regímenes soviéticos, confirmaba esto, al suponer que regímenes como el soviético eran tan blindados para las contradicciones internas – tal sería su carácter “policial”- que el combate al régimen tendría que ser hecho desde afuera. Aún así, ni los más exaltados combatientes de la Guerra Fría ni los Estados Unidos podrían pensar que la Unión Soviética desaparecería, en gran parte víctima de implosión.

El régimen soviético parecía fundado en un pacto social entre el régimen y la masa de la población, en el que el primero garantizaba derechos básicos -comenzando por el pleno empleo-, recibiendo a cambio la legitimidad de la población que le transfería su representación política. Este pacto comenzó a corroerse debido a las influencias de los modelos de consumo occidentales y la satisfacción de las necesidades básicas de la población que fueron elevándose hacia requisitos de consumo más sofisticados, y que el régimen no tenía condiciones para atender macizamente, hasta por no poder conseguir imprimir un dinamismo mínimamente comparable al de las economías capitalistas en esos ramos de su industria y del sector de servicios. Por otro lado, la prolongada estagnación de la economía en el período Brejnev fue también deteriorando la calidad de los servicios básicos del Estado, en cuanto crecía -después que la invasión de Checoslovaquia en 1968 liquidó la última tentativa de reforma democrática del socialismo, dando lugar a oposiciones liberales y pro-capitalistas a partir de entonces- la oposición de derecha al régimen que acusaba sus mecanismos represivos y falta de libertad.

La historia se transformó en el siglo XX dada la conmoción sufrida por la Primera Guerra Mundial. Ésta había sorprendido la “pax inglesa” reinante por casi un siglo. No obstante, la barbarie de la guerra explotó justamente en el “centro de la civilización” -que sería la protagonista de las mayores masacres del siglo-, callando las desconcertadas voces liberales que habían instaurado la oposición “civilización versus barbarie”, aún antes de la crisis económica de 1929. Sería la “civilización” imperial la que desataría y protagonizaría las dos grandes guerras del siglo -en realidad una única guerra, con un intervalo de preparación, que cubrió prácticamente el largo período de un tercio de siglo.

El congelamiento de la Guerra Fría entre las dos superpotencias, en que desembocó el extenso período bélico, parecía definir igualmente niveles difíciles de transponer, sobre todo por estar apoyados en el equilibrio nuclear entre las mismas. Los acuerdos nucleares y económicos entre las dos grandes superpotencias parecían comprometer el destino de ambas, conviviendo en un límite indefinible de tiempo. Consiguieron “pacificar” gran parte del globo, con la división del mundo en áreas de influencia, con los conflictos ocurriendo en las fronteras más o menos indefinidas de tales zonas -como en África y en Asia -, con la gran excepción de Cuba, que por tal motivo casi desencadenó un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

En el proceso de idas y venidas del tablero internacional, reveses del bloque occidental -como la derrota norteamericana en Indochina, en Irán, en Nicaragua, la derrota colonial portuguesa en África- eran de alguna manera compensados con la aproximación de los Estados Unidos a China, con la guerra de ésta con Vietnam, con la guerra Irak-Irán, con la derrota soviética en Afganistán. Todo sucedía aún en regiones periféricas, nada que afectase Europa occidental u oriental, los Estados Unidos o la Unión Soviética. Hasta Alemania parecía solidamente dividida por el muro y por la consolidación -cada una con niveles diferentes- de las economías de los lados occidental y oriental.

Sin embargo, en perspectiva histórica, aún los reveses de la izquierda parecían tropiezos en un camino trazado históricamente de forma irreversible, anclado en la evolución histórica que había llevado la humanidad del comunismo primitivo al capitalismo, hasta que el socialismo se le cruzara como horizonte negador y superador. En las calles de La Habana se podían leer grandes carteles que reproducían uno de los lemas más fuertes de esa visión: “El futuro pertenece enteramente al socialismo”. Era una cuestión de tiempo, de crecimiento económico del socialismo, de decadencia del capitalismo. Las leyes inexorables de la historia parecían estar dictadas, más allá de la voluntad de los hombres.

Y sin embargo, los tropiezos y los sollozos se acumulaban. La revolución cubana inspiró la mayor ofensiva revolucionaria en el continente latinoamericano. Esta ofensiva incluyó un primer ciclo rural de guerra de guerrillas con sus epicentros en Venezuela, Perú y Guatemala; un segundo ciclo, un ciclo de guerrillas urbanas con epicentros en Uruguay, Brasil y Argentina; y un tercer ciclo rural centrado en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, con el saldo de una nueva victoria revolucionaria en Nicaragua en 1979, aunque el régimen sandinista fue derrotado una década después. Y en los años siguientes, las otras guerrillas centroamericanas que decretaron el fin de la lucha insurreccional y se reciclaron para la lucha institucional, concluyendo el largo ciclo de un cuarto de siglo de lucha armada en América Latina (el caso colombiano es particular, con una cronología específica). El conjunto de esas derrotas -más catastróficas en algunas regiones, como el Cono Sur del continente, donde triunfaron las dictaduras militares- se cristalizó en un proceso de masacre de la izquierda y de los movimientos sociales.

En otras regiones del mundo los fenómenos también cambiaban de señal. La derrota del movimiento que intentaba reformar desde adentro el socialismo en Checoslovaquia fue sucedida por movimientos que defendían la ruptura del socialismo. Polonia fue un caso significativo, porque presentaba una oposición obrera a un régimen que se consideraba representante por definición de la clase trabajadora, que se blindaba atrás de la represión y de un militar que decretaba estado de sitio, apoyado por la Unión Soviética, en cuanto se generaba el apoyo en Occidente al sindicato Solidaridad y a su principal dirigente, Lech Walesa. No eran ahora intelectuales trotskistas o liberales criticando la falta de libertad y democracia en los países del Este europeo y en la Unión Soviética, sino un poderoso movimiento social, estructurado en torno de sindicatos. Su ambigüedad derivaba de las características que pasaba a asumir la oposición interna en los países del “campo socialista”. Una crítica liberal de la falta de democracia y al mismo tiempo una reivindicación económica a favor de aperturas mercantiles, es decir, pro-capitalistas, aunque llevada a cabo, en este caso, por los mineros poloneses.

La propia comparación fácil y hasta demagógica de Lula con Walesa revelaba las ambigüedades de aquel momento. Las apariencias llevaban a una asimilación de los dos al mismo fenómeno: líderes obreros de base, de origen católico, luchando contra regímenes dictatoriales, independientes de los partidos comunistas y de las formas tradicionales de existencia del movimiento obrero, subordinadas al Estado -el Estado militar aquí, comunista allá. El entonces secretario de relaciones internacionales del PT, Francisco Weffort, promovió, en el año de fundación del partido, el encuentro entre ambos.

Posteriormente, Lula me relató los desencuentros de aquel que debería ser un encuentro de convergencias. Pero, más allá del estilo -de aristocracia obrera, que Lula detectó en Walesa-, el diálogo puede ser resumido en las advertencias mutuas: de Walesa a Lula, alegando que éste quería destruir el capitalismo en favor del socialismo, lo que ellos ya habían experimentado y desaprobado. Y Lula, por oposición, alegando que aquí se experimentaba el capitalismo y que éste tampoco funcionaba. Bastaría este desencuentro para mostrar cómo las apariencias engañaban y las direcciones de los dos eran muy diferentes, como demostraron las pocas décadas que pasaron desde entonces.

Todo acabó confluyendo para el fin de una época histórica, en que todo lo que era sólido se deshizo en el aire. La historia no perdonó ninguna certeza. La previsión de que el capitalismo entraría en su fase imperialista y que ésta desembocaría en guerras inter-imperialistas fue dolorosamente cierta, pero que ésta fuese también la última etapa histórica del capitalismo no se cumplió. El movimiento comunista internacional prolongaba el diagnóstico sobre la “fase final del capitalismo”, aparentemente confirmada por la crisis de 1929, pero a medida que el capitalismo se recuperaba, se hacían agregados en los análisis: “segunda fase de la crisis final del capitalismo”, y así por delante.

La bipolaridad fue igualmente disuelta, después de dar señales de perennidad, por el equilibrio nuclear entre las dos superpotencias. Dos impresionantes imágenes quedaron registradas en la memoria visual de todos: la caída del muro de Berlín y la de las torres gemelas de Nueva York. Si la primera detonó las condiciones para el fin de un sistema de régimen político y de una superpotencia, la segunda consolidó la hegemonía militar de aquella que sobrevivió como única superpotencia, pero introdujo a la humanidad en una nueva etapa de guerra.

la historia sin fin

La hegemonía norteamericana comienza el siglo XXI con un horizonte que no revela todavía muy claramente sus límites. Para los que se oponen al neoliberalismo, la lucha se presenta muy diferente de aquella que fue antes del fin de la bipolaridad mundial. Existen aquellos que como Immanuel Wallerstein afirman que los períodos de transición histórica poseen como una de sus características justamente la imprevisibilidad: “un período de transición sistémica y de profunda incertidumbre, en que es imposible saber en qué se desembocará”9.

Esta imprevisibilidad, esa indeterminación está presente en todos los lados del enfrentamiento. La “guerra asimétrica” plantea la cuestión de la guerra en términos de difícil previsión. De allí la respuesta del gobierno Bush de apelar a una “guerra infinita”, como forma de respuesta a la guerra asimétrica planteada por los “grupos terroristas”.

Para los que luchan por una sociedad justa y democrática, para los que luchan contra el tipo de sociedad mercantil, en que todo tiene precio, en que todo se vende y se compra, el combate hoy se muestra más complejo y al mismo tiempo, más rico. El socialismo tiene que ser, al mismo tiempo, reinventado y recolocado en el horizonte histórico, reinventado, porque debe aliar anticapitalismo, y sus formas mucho más diversificadas de propiedad social, con formas de construcción de la hegemonía; incorporar las más diferentes expresiones de formas de lucha contra la dominación, la alienación, la explotación y la discriminación, y recolocado en el horizonte histórico, porque sus primeras formas de existencia se agotaron, sin representar la negación y la superación del capitalismo.

La lucha por una nueva hegemonía mundial tiene, antes que nada, que enfrentarse con la súuperhegemonía imperial norteamericana, con todo su poderío económico, político, militar y mediático. Una lucha que tiene que articular al mismo tiempo la recuperación de la soberanía nacional -el espacio que hoy permite la autodeterminación popular, por medios democráticos- y la construcción de espacios supranacionales, regionales inicialmente, de afirmación de soberanía popular, para la construcción de un mundo multipolar, en que “quepan todos los mundos”, en que todos los mundos sean posibles, y en que haya intercambio mutuo en todas las direcciones.

Esta lucha enfrenta nuevas condiciones después del año 2003. El desenlace de la nueva guerra contra Irak coloca al mundo delante de una nueva situación. Si la guerra de 1991 fue para desalojar a Irak de Kuwait e impedir que el régimen de Saddam Hussein se tornase una potencia regional, así como para garantizar para las potencias capitalistas occidentales el abastecimiento de petróleo; si la guerra de Yugoslavia era para demostrar que Europa era incapaz de solucionar los problemas surgidos en su propio territorio y para apropiarse de la teoría de las “intervenciones humanitarias”; si la guerra de Afganistán era para demostrar que ninguna agresión a los Estados Unidos quedaría impune, esta nueva guerra tuvo un significado diferente.

Esta fue una guerra de ocupación y de puesta en práctica de la más audaz tentativa de las potencias occidentales -en este caso los Estados Unidos- de “modernizar” Oriente de afuera para adentro. Ella se apoya en la concepción, profundamente arraigada en el liderazgo republicano, de que se trata de un conflicto entre civilización y barbarie, que la “misión” norteamericana actual, en su lucha “contra el terrorismo”, es extirpar de raíz lo que serían las fuentes del atraso, del fundamentalismo y del fanatismo musulmanes, lo que se alcanzaría con la exportación del modelo de democracia liberal y de economías de “libre mercado” para los países de Medio Oriente, extendiendo el modelo existente en Israel -considerado un oasis de civilización en medio de la barbarie.

De esta vez los Estados Unidos pretenden, como hicieron en Arabia Saudita y en Kuwait, acampar sus tropas por un largo período, pero ahora en una situación geoestratégica privilegiada: con tropas norteamericanas y bases militares norteamericanas en el corazón de Medio Oriente -en Irak- y en las fronteras de Siria, de Jordania, de Arabia Saudita, lo que cambia radicalmente la situación política y militar de toda la región. Arabia Saudita y Siria se verán cercadas por bases militares y tropas norteamericanas, que pretenden permanecer por un tiempo indeterminado en la región. Irán estará parcialmente cercado. Los Estados Unidos ya no tendrán que depender de aliados locales para atacar o amenazar de ataque a otros países de la región.

Sin embargo, al contrario de lo que sucedió en esos dos protectorados occidentales en Medio Oriente, en que las tropas norteamericanas sirvieron para consolidar los regímenes existentes -aún cuando introduciendo contradicciones en Arabia Saudita, especialmente después de septiembre de 2001-, esta vez el proyecto de los Estados Unidos pretende afectar profundamente varios regímenes políticos de la región. Los Estados Unidos pretenden, más allá de sustituir a Saddam Hussein, las sustituciones de Yaser Arafat, de la autoridad Palestina, y de Assad, de Siria. Por eso la negativa a cualquier tipo de negociación con estos tipos de regímenes. Sería un “ajuste de cuentas” de los Estados Unidos con Medio Oriente y con su propia visión del liberalismo político y económico como forma superior de vida, de civilización capitalista occidental como modelo superior y definitivo de vida.

Además de eso, los Estados Unidos podrían promover la multiplicación por dos o por tres de la producción de petróleo de Irak, que posee las mayores reservas de hidrocarburos del mundo. Con esto garantizarían su abastecimiento, bastante amenazado con la inestabilidad de las relaciones norteamericanas con Venezuela y con Arabia Saudita, así como por la creciente necesidad de importación de combustible por los Estados Unidos. La OPEP podría ser debilitada por el aumento de la producción afectando a países como Venezuela, Libia o Irán, considerados enemigos por el gobierno norteamericano. Podría también representar un elemento favorable a una reactivación de la economía de los Estados Unidos.

Pero, principalmente, representaría la instalación de un nuevo poder imperial en el centro de Medio Oriente. El poderío colonial británico consideraba sus colonias como extensión territorial de la metrópolis, explotadas en sus recursos, con autoridades locales que representaban el centro colonial, sin disposición de alterar profundamente las sociedades coloniales. El modelo imperial norteamericano no presupone la ocupación militar, está centrado en la explotación económica, en la influencia ideológica y en la subordinación política.

La historia gana nuevos trazos a partir de la guerra Estados Unidos versus Irak, esta vez no anunciada como la “última de las guerras”, la “guerra que terminaría con todas las guerras”, como frecuentemente se afirmaba en guerras anteriores. Esta es la primera de una serie de guerras que se pretende infinita. Las condiciones políticas externas no fueron conseguidas, pero los Estados Unidos pasaron, conforme a su nueva doctrina, a apoyarse en su indiscutible superioridad militar y en las condiciones internas que requieren, para garantizar la reelección de Bush, un refuerzo en la centralidad de la política de guerra como formadora de la opinión pública americana.

El siglo XXI se anuncia como otro siglo que tendrá una temporalidad histórica densa, lleno de idas y venidas, al contrario de la apresurada previsión de más un siglo norteamericano. Para que la hegemonía de los Estados Unidos pueda mantenerse, el mundo tendrá que ser profundamente transformado, para amoldarse a intereses y valores de los Estados Unidos. La segunda guerra contra Irak revela esta pretensión, que supone la maciza superioridad militar norteamericana, pero también una capacidad pendiente de ser demostrada de transformación estructural de sociedades con valores y características socioeconómicas radicalmente distintas de aquellas que explican el dinamismo de la sociedad norteamericana.

Los Estados Unidos cuentan, para eso, con el éxito obtenido en sociedades como la japonesa y otras del sudeste asiático, que introdujeron valores y modalidades de acumulación del capitalismo de mercado de los Estados Unidos y que pueden reproducirse en el dinamismo actual de la sociedad china. Este el gran desafío de comienzos del nuevo siglo: ¿qué capacidad tendrán los Estados Unidos para transformar su dominación en capacidad hegemónica? Y ¿qué fuerzas tendrán los que resisten a la globalización neoliberal para construir una alternativa históricamente viable, a la altura de “otro mundo posible” que despierta tanta esperanza en todo el planeta?

Notas

6 Perry Anderson, O fim da história, cit.

7 Georg Lukács, O pensamento de Lenin, Lisboa, Dom Quixote, 1975.

8 La Habana, Casa de las Américas, 1967.

9 Immanuel Wallerstein, “New Revolts Against the System”, New Left Review, Nº 18 (nueva fase), nov./dic. 2002, p. 38.

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