Golpe de estado 1976 en Argentina … Algo más que 36 años

He rescatado y actualizado la fecha de este excelente análisis escrito por Eduardo Lucita, a propósito de cumplirse un aniversario más del golpe de estado de 1976 en Argentina. 

La Historia Del Día

Eduardo Lucita

Los amigos que hacen la revista ¿Qué hacer? me han pedido un artículo relativo al golpe de 1976, que iniciara lo que se ha dado en llamar en clave periodística, la noche más larga de nuestra historia.

Dedicado a la economía desde hace años mi primer impulso fue trabajar sobre la evolución económica desde aquellos años y su repercusión en la actualidad. Pero a poco andar me doy cuenta que es un camino trillado hasta el cansancio, aunque no todo se ha dicho acerca de la responsabilidad que en el golpe tuvieron el gran capital local y las corporaciones multinacionales, que con las adaptaciones del momento siguen controlando el devenir económico del país, sometiendo al Estado y a los gobiernos a sus necesidades de acumulación.

Podría escribir también sobre el impacto social y las consecuencias políticas de un golpe que entenebreció nuestras vidas cotidianas sesgando la vida de miles de hombres y mujeres, perpetrando crímenes horrendos. Pero sobre esto también hay abundante literatura y testimonios, aunque nunca estará demás recordarlo.

Porque el cierre de la institucionalidad burguesa fue funcional al cambio que se verificaba en la situación económica mundial: crisis del Estado del Bienestar y agotamiento del modelo de sustitución de importaciones en América latina

El golpe militar del ’76 fue así la precondición necesaria en nuestro país, para iniciar un proceso de larga duración que, emparentado con lo que sucedía en otras geografías, sentó las bases para la brutal modificación de la estructura económica y social que hoy padecemos en toda su dimensión.

Pero no fueron solo transformaciones en las bases materiales de la sociedad y en la estructura de clases. También en la superestructura ideológica.

El mercado fue idealizado, el dinero puesto como la medida de valor de todos los valores, y la acumulación de riqueza como símbolo del éxito.

Nunca antes un modelo económico de corte liberal resultó acompañado por el individualismo, el consumismo, el sexismo, la xenofobia… como en el período que se inaugurara aquel 24 de marzo y que, visto desde este ángulo, se proyecta sin solución de continuidad hasta nuestros días.

El tejido de solidaridades fue destruido, la heterogeneidad y la fragmentación se instaló en el interior de los sujetos sociales. Estos dejaron de ser sujetos para ser “actores” que “interactúan” en un “escenario” acotado y juegan determinados “roles”, aunque sin transgredir ciertos límites claros y precisos.

Los grandes relatos historiográficos, aquellos que vinculaban los acontecimientos del pasado con el presente, que intentaban proyectar un futuro, superar el campo de lo posible e instalar un utopismo transformador, fueron abandonados, descalificados, reemplazados por el minimalismo de lo cotidiano, de las individualidades agregadas; por el coyunturalismo que solo vive el presente sin expectativas ni esperanzas. No otra cosa era que la ideología del “pensamiento débil” que rechaza toda visión histórica global, que vincule pasado y futuro, mediado por el presente.

Se trataba de lo que el historiador Eric Hobsbawm en su comentada “Historia del Siglo XX” (1) señalaba como “La destrucción del pasado, o mejor dicho de los lazos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores… “

Tal vez por eso, ahora que estamos atravesando el agotamiento del modelo neoliberal y que, como señala Eduardo Grüner en su formidable ensayo, asistimos al “Fin de las pequeñas historias” (2), resulte útil recordar el espíritu de aquella época, el aire de esos tiempos, tan distinto al de las últimas tres décadas y que la dictadura militar vino a cortar de cuajo.

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Para nuestra América latina, aquellos años, idealizados por algunos y descalificados por otros; plagados de encantamientos y de esperanzas compartidas por quienes los protagonizamos, ignorados hasta lo imprevisible por muchos jóvenes de hoy, se iniciaron en ese espacio temporal que va desde los fines del año 1958 y los albores de 1959, con el ingreso de las columnas revolucionarias a la ciudad de La Habana, hasta el mítico 1968, que catalizó un conjunto de fenómenos decisivos en el terreno de la lucha de clases a nivel mundial, y que tuvo expresión también en Argentina.

Aquellos años que vieron la irrupción de la Revolución Cubana y el fin de la intervención militar en Vietnam, se desarrollaron sobre un fuerte proceso de acumulación y reproducción de capitales a escala mundial, en un período de gran expansión de la economía luego de concluida la Segunda Guerra, que se extendió hasta la recesión internacional generalizada de 1974/75.

Formaban parte de ese ciclo del capital, único e irrepetible –al decir de intelectuales y dirigentes políticos de la talla de Eric Hobsbawm o Ernest Mandel-, los 30 años dorados del capitalismo mundial -1945/1975- en que la economía crecía, distribuía e incorporaba a los trabajadores a ese desarrollo.

Sin embargo ya a fines de la década de los ’60 había evidencias de que la tasa media de ganancia de los capitalistas a escala mundial comenzaba a decrecer; lo que fue seguido por la crisis del petróleo que dio origen a la irrupción de los petrodólares. Una plétora de capital financiero que no encontraba oportunidades de inversión productiva que garantizaran la rentabilidad que requerían.

En los primeros años ‘70 se hace evidente el agotamiento de la onda larga de crecimiento iniciada en la segunda posguerra y el ingreso en un largo período de estancamiento.

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Los acuerdos de Yalta permitieron la emergencia, en la inmediata posguerra, del sistema político internacional de estructura bipolar, sustentado en una cuidada relación de “guerra fría” entre los EEUU y la URSS que presentaban su disputa como una confrontación ideológica total entre campos o bloques antagónicos, con formas de propiedad, relaciones de producción y organización social diferentes.

En ese contexto la emergencia de los movimientos de liberación nacional y de la nueva izquierda revolucionaria en el mundo se afirmaban en un fuerte sentimiento antiimperialista que cuestionaba la hegemonía económica y militar de los EEUU así como en una posición crítica frente al comunismo oficial de la URSS y su política de coexistencia pacifica, que como se sabe derivaba de la concepción estalinista del “socialismo en un solo país”.

La combinación de estas dos tendencias, a las que hay que agregar el surgimiento de los movimientos contestatarios al interior de los países centrales y la aparición de una verdadera contracultura en las artes, las letras y en la vida cotidiana (sexualidad, vestimentas, costumbres) que buscaba desestructurar la cultura dominante de la época, configuraba un cuadro de situación que favorecía el desarrollo de la lucha de clases, otorgando así un formidable dinamismo a las ideas de la transformación social.

Las tendencias progresistas y revolucionarias que se desarrollaban en todas las geografías colocaban como meta de su accionar la superación del capitalismo. Sin embargo la lucha concreta contra este sólo era asumida, no podía serlo distinto, por las fuerzas políticas que se asumían de la lucha de clases, afirmadas en un anticapitalismo sin concesiones y en el desarrollo de las contradicciones del sistema.

Las distintas corrientes y tendencias que vertebraban la nueva izquierda lo hacían en abierta oposición y ruptura con el comunismo prosoviético y con la socialdemocracia. Emergían así como fracturas de lo existente o bien como estructuras diferenciadas desde sus orígenes de los viejos partidos comunistas y socialistas.

En este terreno se desarrollaron ampliamente el maoísmo, el castrismo-guevarismo y el trostkismo, cuya inserción social se vio favorecida en América latina, y particularmente en nuestro país, por la aparición de una franja radicalizada de obreros, estudiantes e intelectuales que, asumiendo con múltiples variantes la idea del socialismo, colocaron la cuestión del poder a la orden del día, revitalizando al movimiento revolucionario y al marxismo mismo.
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Por aquellos años los textos de filosofía, los ensayos sociológicos, las investigaciones económicas, la incorporación de nuevas categorías al análisis socio-político, superaron los estrechos –y las más de las veces estériles- marcos del quehacer académico, para instalarse en el centro mismo de los debates, de la teoría y de la práctica revolucionaria.

Las vanguardias artísticas no se quedaban atrás en esta evolución. Las artes plásticas, el cine y el teatro aportaban a este proceso, aunque el llamado “boom” de la literatura latinoamericana tal vez haya sido su máxima expresión, donde la entrañable figura de Julio Cortázar es más que emblemática de que no se trataba solo de un cambio de estilo, sino que lo que estaba en juego era el lugar de los intelectuales en el proceso de transformación social de la región.

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En nuestro país, como en muchos otros, aquellos años fueron de luchas, de solidaridades y esperanzas colectivas. Los acontecimientos mundiales que se sucedían: el Mayo francés, el Otoño Caliente italiano, la Primavera de Praga, el movimiento estudiantil en Japón y México, en Berkeley, Columbia y otros campus universitarios estadounidenses, no eran para aquellas generaciones sino partes indisolubles de un continuum que culminaría en la revolución mundial.

Entre nosotros El Cordobazo resultó el eje articulador con la seguidilla de acontecimientos que reivindicando las libertades públicas, el antiimperialismo y en muchos casos las banderas de la transformación social y el socialismo, recorrieron el mundo todo.

Las luchas sociales crecieron y con ellas los movimientos que desde distintas vertientes impugnaban el orden capitalista. La amplitud de esta onda expansiva alcanzó también al movimiento sindical que como en otros países logró conquistas que significaban avances sobre el reino del capital.

En Argentina este ascenso de las luchas obreras dio lugar a la llamada rebelión de las bases, con un fuerte impulso al movimiento antiburocrático y de recuperación sindical, estructurado en torno a los sindicatos clasistas y combativos. Se recuperaron así antiguas tradiciones del movimiento obrero, reivindicando la autonomía y la independencia de clase, instalándose las asambleas de base, las tomas de fábricas y la movilización como formas de lucha.

Estas tendencias se proyectan hasta mediados de la década del ’70, alcanzando su clímax en las jornadas de junio/julio del ’75 con las Coordinadoras de Gremios en Lucha, organismos democráticos de debate y deliberación, que expresaban una nueva síntesis de unidad social de los trabajadores. Que funcionaban en estrecha relación con las organizaciones y partidos revolucionarios de la época.

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Por aquellos años el marxismo, como marco teórico, que con variantes alimentaba a las distintas corrientes revolucionarias, se benefició ampliamente de esta profundización de la confrontación social, dando lugar a debates y practicas que combinaban la ruptura con el reformismo y la instalación de nuevos referentes teóricos.

Pero precisamente quiénes de ellos nos reclamábamos quedamos prisioneros de la dinámica de la actualidad del poder, de lo que veíamos como posibilidad cierta de asaltar el cielo. Los debates entonces se centraron en la estrategia, recuperando viejas formulas pero sin alcanzar a generar una síntesis que articulara estrategia con las necesarias mediaciones tácticas que permitieran ocupar espacios en la sociedad, ganar hegemonía, construir un bloque de clases que se opusiera al de las clases dominantes, cambiar la relación de fuerzas.

Se trataba de la política. Mas aún cuando nuestra sociedad mostraba una conformación estructural más compleja que la de los modelos referenciales de entonces.

De igual modo, los desarrollos teóricos no alcanzaron a formular concepciones que favorecieran el reemplazo del orden de cosas existente por una organización socialista de la sociedad, asentada en la autoorganización de explotados y oprimidos, de productores y consumidores, que incluyera la cuestión democrática no solo en el conjunto social sino también al interior de las organizaciones revolucionarias.

Fuertemente impregnados del economicismo propio del estalinismo y el populismo, no se visualizaron acabadamente los nuevos desafíos: relaciones de la actividad humana con la naturaleza; la opresión de género, la peligrosidad de la confrontación nuclear, los nuevos contenidos de la vida cotidiana…

El abordaje de estas carencias limitantes, contenidas en las entrañas mismas del movimiento revolucionario, quedó pendiente de resolución, abortado por el golpe militar justo cuando desde distintas perspectivas comenzaba a plantearse la necesidad de superarlas.

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Tres décadas atrás la dictadura militar más sanguinaria que hallamos conocido, con el apoyo de las fracciones de las clases dominantes que dieron sustento a su programa, se apoderó del Estado para impulsar lo que llamaron “proceso de reorganización nacional”.

Aquel fatídico 24 de marzo de 1976 confluyeron tres tendencias claramente definidas. La que determinaba una elevación del nivel de la lucha de clases en el país como nunca antes habíamos conocido; la posibilidad cierta de que los trabajadores y el conjunto de las clases subalternas avanzaran hacia su autonomía social y la independencia política de los partidos tradicionales; el agotamiento del modelo de acumulación basado en la expansión del mercado interno, el distribucionismo y la intervención del Estado.

La contrapartida de estas tendencias confluentes no era otra que la necesidad de las clases dominantes locales de poner fin a ese ciclo de la lucha de clases en el país y eliminar política y físicamente a las organizaciones revolucionarias. Estas luego de recorrer un largo camino habían logrado romper con la lógica política del ideologismo y el sindicalismo y poner en el centro de sus proposiciones la cuestión del poder y las vías para alcanzarlo.

Claro está que pocas veces como entonces las necesidades de la burguesía local estuvieron tan íntimamente relacionadas con los cambios y modificaciones en la economía mundial.

El “proceso de reorganización nacional” no resultó solo represión, persecución, exilios, muerte y desapariciones, fue también la inserción de la economía nacional en la reestructuración capitalista mundial que imponía un modelo de acumulación y reproducción de capitales absolutamente diferenciado del modelo vigente en el período anterior.

La ofensiva generalizada sobre el conjunto de las conquistas obreras, aquellas que los trabajadores, generación tras generación, habían levantado frente a la voracidad del capital, era así una precondición para la implantación del nuevo modelo de acumulación. Que concluyó imponiendo una relación de fuerzas absolutamente favorable al capital en detrimento de los trabajadores y las clases subalternas, sumiendo en el aislamiento y la impotencia al movimiento social y a las corrientes revolucionarias.

Bloquearon así toda posibilidad de un debate crítico que permitiera resolver las insuficiencias teóricas, ideológicas, políticas, para mejor comprender la etapa que el capital estaba inaugurando.

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Nadie ingresa a los procesos revolucionarios sabiendo cual será el destino final de ellos, a dónde finalmente conducirán.

Sin embargo hoy es válido preguntarse: ¿aquel ciclo de alza de la lucha de clases fue el máximo que el movimiento obrero y la vanguardia revolucionaria podían alcanzar? o ¿se estaba en presencia de la apertura de un nuevo ciclo que el golpe se anticipó a cerrar? ¿con la relación de fuerzas sociales de ese entonces, y con el herramental teórico, político ideológico disponible se estaba en condiciones de resolver favorablemente la confrontación o era esperable un repliegue ordenado? ¿la caracterización que se hiciera del golpe contemplaba el nuevo ciclo abierto por el capital a escala mundial y que este imponía nuevas condiciones para el desarrollo de la lucha de clases? ¿se tuvo en cuenta el nuevo escenario abierto en el Cono Sur con el golpe de Estado contra la Unidad Popular en Chile?

Tres décadas después parecen obvias las respuestas.

El filósofo alemán Walter Benjamín ha sido el portador de una nueva concepción de la historia, que rompe con el evolucionismo y la linealidad del progreso, por el contrario pregonaba que la historia fuera escrita desde el punto de vista de los vencidos, ya no como un continuum, sino como disrupción.

“Nuestra generación tuvo que pagar para saber, pues la única imagen que va a dejar es la de una generación vencida. Este será su legado a los que vendrán” Sobre el concepto de historia.

Revisitadas las preguntas a la luz del sentido y la pasión de quienes protagonizaron aquellos años tal vez convenga volver a Benjamín en sus Tesis sobre la historia, “Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia. Pero tal vez se trate de algo por completo diferente. Tal vez las revoluciones son el manotazo hacia el freno de emergencia que da el género humano que viaja en ese tren”, tesis XVIIa. (3) “Es la revolución proletaria la que puede parar el curso mesiánico del mundo”

Los trabajadores, los militantes populares, los estudiantes, los revolucionarios, no fueron perseguidos, torturados, encarcelados desaparecidos, muertos, exiliados… por sus errores que seguramente fueron muchos, sino por sus aciertos, que tal vez fueran muy pocos, o al menos uno: que la crisis del capital – desarrollo tecnológico y depredación de la naturaleza incluídos- en nuestro país conducía a la barbarie.

Se fracasó al tirar del freno de emergencia. La locomotora se desbocó, perdió el control y finalmente la barbarie se instaló ese 24 de marzo de 1976 entre nosotros…

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Aquellas insuficiencias aflorarían con toda su intensidad una vez retirada la dictadura militar, reinstalada la democracia representativa y recuperado el ejercicio de las libertades públicas.

De esta forma la ofensiva del capital en los años ’80 y ’90 resultó aún más gravosa. La crisis del Este agudizada por la caída del Muro de Berlín (1989) y el colapso de la Unión Soviética (1991) contribuyeron a desvalorizar todo proyecto de cambio dando nuevo impulso al neoliberalismo, que recuperó para el capital los grandes mercados de los países del socialismo burocrático de Estado.

La fuga del pensamiento crítico, el pasaje en masa de los intelectuales hacia posiciones de administración de la crisis y a nadar a favor de la corriente, completaron el cuadro en el cual el liberalismo se mostraba victorioso, política e ideológicamente.

Pero también en esos largos y tenebrosos años hubo quienes no se sumaron a los cambios ni se abroquelaron detrás del dogma y las verdades reveladas. Quienes cuestionaron y ejercitaron su capacidad crítica, buscando la renovación sin abandonar las esencias, sin desconocer los cambios, por el contrario tratando de comprenderlos para operar políticamente sobre ellos.

Tributarios de un cuerpo de ideas orientado a la transformación socialista buscaron denodadamente instalar la reflexión y el debate democrático por fuera de los círculos áulicos, en el seno mismo de la intervención social y política de los sujetos históricos y los movimientos sociopolíticos.

Confiados en la capacidad removedora de las ideas y en la vitalidad del marxismo como crítica radical de todo lo existente, ejercitaron con denuedo esa conquista histórica de la humanidad que es el pensamiento crítico. Y si el socialismo alguna vez ha de serlo, será crítico en primer lugar de sus actos y consecuencias.

Y porque en definitiva “Quien por aquellos años conoció la esperanza ya no la olvida: la sigue buscando bajo otros cielos, entre todos los hombres y entre todas las mujeres” (4)

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Y también porque nada es fatal ni definitivo en la historia.

El fin de la guerra fría y del enfrentamiento entre bloques dejó al descubierto el verdadero antagonismo social: explotadores y explotados, oprimidos y opresores. En tanto que en el plano local la reorganización de la economía bajo la hegemonía del modelo neoliberal dejó como secuela la exclusión de la producción y del consumo de importantes masas de trabajadores, la precariedad laboral, los bajo salarios. En suma el incremento de las desigualdades.

Las tensiones sociales y políticas acumuladas en todos esos años estallaron en las jornadas del 19 y 20D. La revuelta plebeya, bautizada como El Argentinazo, dejó al desnudo la crisis de representatividad política y el vaciamiento de las instituciones de la democracia burguesa, abriendo un nuevo ciclo de luchas.

36 años después esta mirada retrospectiva no tiene otro sentido que ayudar a recuperar la esperanza, la razón de ser de aquellos hombres y mujeres, luchadores íntegros, decididos y valerosos como pocos que protagonizaron aquellos años y cuando muchos aún hoy estimulan las luchas del presente, sin las cuales no hay utopía ni esperanza posible.

Notas:

1) Hobsbawm, Eric: Historia del Siglo XX, Edic. Crítica, Grijalbo-Mondadori, Barcelona 1995

2) Grüner, Eduardo: El fin de las pequeñas historias – De los hechos culturales al retorno “imposible” de lo trágico. Edic. Paidós-Colección Espacios del Saber, Buen Aires, 2002.

3) Benjamín, Walter: Sobre el concepto de historia y Tesis sobre historia y otros fragmentos, Edic. Contrahistorias, México D.F., 2005.

4) Terán, Oscar: Nuestros años sesenta, La formación de la nueva izquierda intelectual argentina 1956-1966. Edic. El cielo por asalto-Colección La cultura argentina, Buenos Aires

Eduardo Lucita : Integrante de EDI (Economistas de Izquierda 

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