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Soja e Imperio

Posted in Reflexiones with tags , , , , , , , , , , , , on 4 febrero 2009 by La Historia Del Día

Luis E. Sabini Fernandez

 

 ecoportal.net/

 

monocultivo_sojaObservemos que no se concibe pueblo alguno sin soberanía alimentaria. Pueblo que no se alimenta a sí mismo desaparece, así de sencillo. Así, durante milenios o millones de años. Es la relación imperial o colonial la que configura sociedades sin soberanía alimentaria. Ya sea porque le roban sus productos (como la India despojada por los ingleses) o porque la obligan a hacer una única producción para la metrópolis: así Cuba o la Dominicana, con el azúcar; Sudán, con el algodón, Burkina Faso, con el maní. Y el monocultivo es la garantía no solo del bienestar de las metrópolis que reciben distintos alimentos de diversos lugares, sino también del hambre local, del país monoproductor.

 

Empiezo por una declaración no sé si de principios, de guerra o de realidad: no soy guevarista, pero algo que hace cuarenta años decía Guevara sigue pareciéndome de enorme vigencia, como entonces: EE.UU. es el enemigo de la humanidad. Obvio aclarar que no nos referimos a sus habitantes; los hay tan excelentes como en todas partes, sino a la configuración política. Imperial. Con una peculiaridad: se trata un imperio con mentalidad imperial o imperialista (1) en sus capas dominantes y mentalidad democrática en su población (allí está su genial movida). Un corolario se desprende de esa peculiaridad: todos los imperios se valen del sector cipayo del país colonial para extender y afianzar su poder. EE.UU., por cierto, no es excepción, pero la población cipaya en este caso hace como Monsieur Jourdain, que escribía en prosa sin saberlo, es decir es cipaya y se siente increíblemente patriótica. Pero no patriota de la metrópolis sino de su patria vendida. Un solo ejemplo: Carlos Omar Menem, que probablemente no tenga un solo proyecto más de ley en todo su paso por el Congreso Nacional argentino, escribió sí uno para establecer que los integrantes de todo seleccionado deportivo que jugara en el exterior debía llevar su mano derecha a la parte izquierda del pecho cada vez que se cantara el himno argentino, en las habituales ceremonias iniciales. Lo hizo a mediados de los ’90, uno de los momentos de mayor enajenación, espiritual y material, de Argentina.

Ese imperio, entonces, se nos ha ido imponiendo a través de medios culturales, comunicacionales, tecnológicos, aparentemente no ideológicos; el auto, las rubias oxigenadas (en Japón en la posguerra hubo una cascada de japonesitas que se hacían cortar los tejidos que sesgaban sus ojos, para “parecerse” a las norteamericanas, así como en la década del ‘30 en EE.UU. hacía furor el planchado de las cabelleras afros, para eliminar motas y rulos y ver si se asemejaban a los wasp…

De ese modo, EE.UU. nos ha ido y nosotros nos hemos ido haciendo a su imagen y semejanza. Pero, claro, siempre de segunda. Porque la basura que “hacemos” no es tanta ni tan llamativa como la que hace Nueva York, aunque durante el menemato, Buenos Aires llegara a ser una de las ciudades con más desechos domésticos del planeta, (aventajando a todas las europeas y a la rioplatense Montevideo). Porque las “rubias” de por aquí son más teñidas todavía que las de por allá, porque ni con el endeudamiento madeinMenem llegamos a tener tantos autos per cápita como EE.UU. De segunda, pero con una tendencia a la imitación, arrolladora.

Tomemos el ejemplo del automovilismo: las rutas producen 70 veces más muertos por millón de pasajeros que los trenes y sus vías, y una proporción similar de contaminación aérea. Pero es el auto con motor a explosión y no el tren o la bicicleta lo que se ha impuesto. Simplificando, el awol es espectáculo, petróleo (en rigor, nafta y plásticos), use-y-tire y soja.

El sistema de la soja

La soja tuvo una inteligentísima prensa. EE.UU. cuenta con verdaderos ejércitos de lavacerebros que planifican y trabajan a largo plazo.

¿Recuerdan la historia con el aceite de oliva? Cuando en EE.UU. comienza la producción a gran escala de aceite de maíz, investigadores descubren, justo entonces, una enorme cantidad de desventajas nutricionales del aceite de oliva, mucho más pesado que el de maíz, y por lo tanto más indigesto, etcétera. El aceite de oliva contaba con una tradición milenaria en el Mediterráneo y para colmo, de excelentes comidas. Pero la ciencia es la ciencia. Tardaron casi dos décadas en aparecer nuevas investigaciones que desmintieron la “leyenda negra” tan oportunamente surgida sobre el aceite de oliva, y volver a reconocer que era de mucha mejor calidad para frituras que el de maíz (y que casi todos los otros aceites comestibles) y que su cantidad de grasas no saturadas lo reponían entre los más saludables.

Bueno, cuando uno incursiona en la aparición de la soja, coteja datos, poco a poco aparece la duda de si la soja no sufrió también una operación. En este caso, la inversa, de lavado de imagen. De RR.PP. En Argentina se la conoce desde hace unos 30 años y vino de la mano de la dietética más cuidada. Como la solución proteica para los vegetarianos. Y por mucho tiempo, como una comida de selección, de gente consciente, de minoría que sabe. Para colmo, cuando se expande la soja transgénica, hace menos de diez años, aparecerán más “realces”: se le llamará “leche” al jugo de soja cocida (que no tiene una gota de calcio) y “brotes de soja” a una presunta maravilla nutricional que son brotes de porotos mung.

Eduardo Vior, un investigador politólogo argentino durante una larga estadía en Alemania, hizo una historia de la soja y yo resumo aquí algunos de sus rasgos (2):

• se la conoce desde hace milenios, en China. Hacia 1900, la única soja que se exportaba provenía de Manchuria (un país incorporado a la República Popular China). ¿Qué países importaban entonces? EE.UU. y Alemania.

• En EE.UU. se empieza a producir soja hacia 1920. Se la investiga como fuente vegetal y por lo tanto mucho más barata de proteínas. La guerra creó preocupación en EE.UU. por conseguir autonomía en el suministro de proteínas. Una política que construye la soberanía alimentaria… propia.

• En 1949, con la revolución y el cambio de régimen en China, con el advenimiento de la República Popular, se terminan las exportaciones manchúes. O chinas. Y EE.UU. se transforma en el único exportador mundial de soja. De la proteína más barata del mundo.

• EE.UU. gravó la importación de aceite de coco y así se estabilizó, se afianzó la producción propia de aceite de soja (son dos aceites de segunda, pero bien baratos).

Al fin de la 2GM, EE.UU. inaugura el Plan Marshall. Que cumple dos funciones básicas, señaladas también por Vior: reduce los excedentes agrícolas de EE.UU. y convierte la ayuda alimentaria en un instrumento de política exterior.

En ese momento, podemos ver que hay una primera fase de ese uso. La ayuda alimentaria es para atender el hambre de los países amigos o para evitar que un país se convierta en enemigo. Es el caso de Italia con el trigo: allí, los comunistas tenían grandes posibilidades de adueñarse del gobierno democráticamente (por décadas, el Partido Comunista Italiano iba a ser el más grande de los países “occidentales”). El hambre de posguerra hacía estragos, particularmente en un país vencido, como Italia. La Iglesia Católica anuda una “movida” con los organismos correspondientes de EE.UU. para hacer una enorme operación de distribución de trigo estadounidense entre los necesitados. Se va ajustando el timing de la operación “Trigo” con el de las elecciones y finalmente, por escaso margen triunfan los democristianos (el partido de la Iglesia Católica) sobre los comunistas.

Más adelante, sobreviene una segunda fase de esa política exterior e imperial, cuando EE.UU. la amplía hacia países empobrecidos (que se siguen empobreciendo, pese a todas las definiciones del “desarrollo”). Se trata de la política alimentaria para los países coloniales más o menos ex-. Hay una frase tenebrosa de un jerarca estadounidense en los ‘70:

“Proveer a un país de alimentos simplemente porque sus habitantes se mueren de hambre, ésa no es razón de peso” (3) que da la pauta del desplazamiento del alimento a instrumento o arma de chantaje.

Podríamos agregar que con los transgénicos esa segunda fase tiene una vuelta de tuerca: los alimentos como arma ya estaban presentes pero con los desarrollos de la ingeniería genética se estrechan brutalmente los márgenes de autonomía.

Es lo que expresa, precisamente, Paul Nicholson, secretario de la Vía Campesina, la internacional de los campesinos fundada bien a fines del s. XX:

“Los mercados alimentarios son un arma de destrucción masiva” (4).

Citemos una vez más a Moore Lappé, ahora sus palabras:

“La visión tecnicista del aumento de producción ha modificado profundamente a la agricultura, convirtiendo un sistema muy complejo y autónomo en un sistema archisimplificado y dependiente.” (ibíd., cap. 19).

Observe el lector que esta apreciación de Moore Lappé es de los ’70, antes de la implantación de la ingeniería genética a la agricultura, que se desplegará masivamente en los ’90 y ya con los laboratorios “pioneros”, como Monsanto, procurando despegarse del quemante y poco atractivo término de “ingeniería genética” (o transgénicos), que usaran inicialmente, y rebautizando sus “adelantos técnicos” como “biotecnología” y “ciencias de la vida” [sic] y usando como logo el beatlish y poético Imagine.

Con el Plan Marshall, EE.UU. logra que Europa incorpore la soja como forraje clave para su producción ganadera.

Vior aclara que: “EE.UU. llega a enviar al exterior hasta tres cuartas partes de sus exportaciones de trigo y de soja en concepto de ‘ayuda’.” De este modo, destruyeron los sistemas de producción agraria de los países receptores y reorientaron las costumbres alimentarias de acuerdo con el modelo estadounidense (está hablando de fines de los ‘50).

Hay un ejemplo paradigmático de este tipo de neocolonialismo alimentario: Corea del Sur. Corea es uno de los estados nacionales que la puja EE.UU.-URSS y particularmente la política estadounidense de escindir a los países escindibles, según los consejos de Samuel Huntington, se parte al medio.

La Corea sureña queda dentro de la esfera de influencias estadounidense. Su seguridad geopolítica queda muy atada a las estrategias de EE.UU. Y todos los esfuerzos de la población llana por vivir mejor van a ser violentamente reprimidos, década tras década, encarcelando y asesinando huelguistas y opositores a la política nacional… estadounidense. Una vez colonizados ideológicamente, llegó el turno del dominio material, y poco a poco, Corea del Sur, pasó a recibir crecientes importaciones de trigo estadounidense. Junto con el trigo, vinieron los dispositivos industriales y comerciales y Corea del Sur fue literalmente invadida por comida chatarra, con pan blanco elaborado industrialmente con enorme dotación de aditivos químicos, el típico “americano”. La producción de arroz entró lógicamente en crisis, que resultó irreversible: Corea del Sur estaba también alimentariamente colonizada.

El agrónomo colombiano Hernán Pérez Zapata analiza el proceso de dependización alimentaria en su país. Señala, entre otras “armas” que EE.UU. “brinda a Colombia trigo a una tasa (inicial) bajísima, del 2% anual, contra la cual los productores locales no pueden competir, y por lo tanto va languideciendo la producción local y, así, al cabo de unos años, un país que tenía una total autonomía alimentaria se ha convertido en un país que la ha perdido (5).

Ni siquiera cabe la pregunta ingenua: ¿eran tan buenos que se pasaban cosechando para otros? No, era una política. El estado yanqui les compraba TODA la producción a sus granjeros a precios tentadores y luego una buena parte la dedicaba a esta geopolítica.

Una política que destruye la soberanía alimentaria… ajena.

Observemos que no se concibe pueblo alguno sin soberanía alimentaria. Pueblo que no se alimenta a sí mismo desaparece, así de sencillo. Así, durante milenios o millones de años. Es la relación imperial o colonial la que configura sociedades sin soberanía alimentaria. Ya sea porque le roban sus productos (como la India despojada por los ingleses) o porque la obligan a hacer una única producción para la metrópolis: así Cuba o la Dominicana, con el azúcar; Sudán, con el algodón, Burkina Faso, con el maní. Y el monocultivo es la garantía no solo del bienestar de las metrópolis que reciben distintos alimentos de diversos lugares, sino también del hambre local, del país monoproductor.

Un ejemplo paradigmático es Egipto, porque en su caso vemos además la proyección geopolítica o geoestratégica de lo acontecido:

En 1965 culmina un proceso de “formidable modernización”: llegaba a su término la entonces represa hidroeléctrica más grande del mundo, la de Assuan, todavía en tiempos de Nasser. Con ella, Egipto iba a entrar a la era de la suficiencia energética. Entró en primer lugar, sin embargo, en una serie de anegaciones con las que se perdieron sitios de increíble valor arqueológico, porque eran el asiento de enormes construcciones de la Nubia clásica. Se sacrificaba historia, cultura de museo, por modernidad concreta, práctica. La cosa empezó a ponerse más difícil cuando la enorme represa empezó a retener, en el fondo de su lago el valioso limo del Kilimanjaro, del corazón africano, con el cual las riberas del Nilo se tonificaban anualmente en las bendecidas inundaciones con las cuales durante milenios el valle del Nilo fue un lugar fértil y gracias al cual floreció una de las primeras “civilizaciones”. Egipto empezó a tener lo que bíblicamente se llaman períodos de “vacas flacas”, pero con un agravante: no era algo cíclico. No iba a pasar luego de siete años…

Una población en expansión demográfica prodigiosa, o suicida, empezó a ver sus pies de barro, que paradójicamente era lo que desaparecía… Si bien la represa de Assuan iba a impedir las grandes inundaciones que cíclicamente arrasaban los cursos inferiores del Nilo, lo que empezó a ocurrir, fue una derivación grotesca e impensada del proyecto. Al mermar la corriente del Nilo, el Mediterráneo empezó a ingresar corriente arriba salinizando ancestrales tierras de cultivo. Menos limo, más sal: pésima conjunción.

Para millones de seres humanos y sus respectivos hábitat se alteró el régimen de vida, de micro- y macrofauna y flora, de manera irreversible.

EE.UU. vino en su ayuda. No es preocupéis: nosotros le suministraremos el trigo faltante.

Egipto fue entrando así en el indigno régimen “del barco a la boca”, según el cual la población puede volver a encontrarse con el trigo cuando sale del puerto… no de los graneros o del campo.

EE.UU. empezó a tener la política de Egipto en un puño. Volvió a ser el país dependiente que Nasser había procurado abolir. Muy probablemente el “conciliador” papel de Egipto con Israel tenga una fuerte relación con esa dependencia atroz a la que Egipto está sometido desde que perdió, su capacidad de autosustentarse, lo que llamamos soberanía alimentaria de sus setenta millones de habitantes. No deja de ser penoso, tratándose de los productores decanos de trigo de la humanidad… pero EE.UU. es un jugador ducho con sus fichas.

Bueno, ese plan de dominación mundial a través del hambre ajena, donde la soja va a ir cumpliendo un papel cada vez más importante, funciona sin trabas desde mediados de los ‘40 hasta 1973. Junto con el crac petrolero, sobreviene también una suerte de crac de esa política alimentaria. Por una serie de sequías, EE.UU. decide retener (por una vez) su producción para autoabastecimiento y los países que habían ya generado una dependencia alimentaria (en el caso europeo, con el forraje) se desesperan ante el achique ominoso de las “reservas” y salen a buscar proveedores al mercado. Así ingresa Brasil al hasta ese momento exclusivo “Club de la Soja”. Y Brasil aumenta extraordinariamente su producción sojera: la duplica anualmente, multiplica por 30 los suelos en 15 años y por 100 la producción entre 1980 y 1995 (6). Y detrás de Brasil, Argentina. En el siglo XXI estos tres países, sobrepasan el 90% del comercio mundial de la soja (por tres tercios de mayor a menor en el mismo orden que el cronológico).

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Crisis, proteccionismo y batallas cambiarias

Posted in Política Internacional with tags , , , , , , on 4 febrero 2009 by La Historia Del Día

Alejandro Nadal

 

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La cámara de representantes ya aprobó la Ley de recuperación y reinversión, el paquete de estímulo fiscal de la administración de Obama. Entre sus objetivos destacan: “preservar y crear empleos, invertir en infraestructura, eficiencia energética, ayudar a los desempleados, así como proveer a la estabilización fiscal local y estatal”. Con esa lista tan nutrida de objetivos no puede evitarse recordar el refrán: el que mucho abarca, poco aprieta.

 

 

 

  El paquete está respaldado sólo por 819 mil millones de dólares. Desde el punto de vista del tamaño del problema, esa cantidad se antoja modesta. Un ejemplo: el paquete busca conservar y crear 3 millones de empleos a lo largo de los próximos meses, pero hoy Estados Unidos tiene 11 millones de desempleados.

 

 

 

Para maximizar el impacto sobre el empleo, la ley tiene una sección sobre “compras nacionales”. Esta parte de la ley establece la prohibición de usar los recursos del paquete en proyectos de construcción, mantenimiento o reparación de un edificio u obra pública “a menos que el hierro y el acero utilizado sean producidos en Estados Unidos”. Esto es incompatible con compromisos adquiridos en el seno de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

 

 

 

Para los fundamentalistas comprometidos con el mantra del libre comercio, esta disposición podría resucitar el “espectro” del proteccionismo. Esos temores ya habían surgido con el rescate de la industria automotriz en Detroit, aprobado en diciembre del año pasado. Ese salvamento involucra 17 mil millones de dólares y (en el colmo del cinismo) provocó el enojo en Europa y Japón por considerar se trata de un regreso a una política industrial desleal.

 

 

 

Algo positivo de esta crisis es que puede contribuir a poner en su lugar a la OMC. Después de todo, ese organismo ha causado mucho daño y tiene su dosis de responsabilidad en esta crisis global. Así que si la recuperación pasa por tirar al tacho algunos acuerdos de la OMC, enhorabuena. Pero habrá que proceder con cautela. Las interdependencias económicas existentes complican la aplicación de políticas macroeconómicas para la recuperación.

 

 

 

Una muestra: un crédito fiscal puede llevar a un consumidor al Wal-Mart más cercano, pero eso no quiere decir que compre productos producidos en Estados Unidos. Si provienen de China, el estímulo al empleo estará en ese país, no en Ohio. Si observamos que la economía estadunidense necesita 2 mil millones de dólares diarios para poder financiar su déficit externo, podemos concluir que el ejemplo no es una metáfora.

 

 

 

Una creencia muy arraigada es que la Gran Depresión fue provocada por el proteccionismo. La historia es como sigue. En 1930 el Congreso estadunidense aprobó la Ley Smoot-Hawley que fijó aranceles astronómicos para más de 20 mil productos. Las represalias contra las exportaciones de Estados Unidos no tardaron. El comercio internacional se contrajo de manera dramática, lo que invita a pensar que el proteccionismo fue responsable de la Gran Depresión.

 

 

 

Barry Eichengreen, experto en economía internacional, piensa que la Ley Smoot-Hawley no sólo llegó después del colapso de 1929, sino que no explica la intensidad de la contracción económica estadunidense. Lo mismo opina del papel de las devaluaciones de los años 30, aunque sí redistribuyeron a nivel internacional los efectos de la crisis. Según Eichengreen, las raíces de la Gran Depresión están más del lado de los bancos centrales que del proteccionismo.

 

 

 

Para los grandes exportadores (Alemania, Japón, China) una guerra comercial sería desastrosa. Probablemente responderían con medidas muy difíciles de digerir para Estados Unidos. Aunque eso suena catastrófico, la verdad es que la sección “compre nacional” del paquete Obama todavía no constituye una conflagración comercial. Pero podría ser un detonador.

 

 

 

Es claro que China necesita mantener sus niveles de exportaciones. Las disposiciones de compra nacional en el paquete Obama podrían agravar la presión en China para devaluar. De hecho, en lugar de seguir apreciando el renminbi (20 por ciento en los últimos tres años), Pekín parece estarse preparando para devaluar. En diciembre el banco central modificó la banda de flotación de la moneda china y los mercados de futuros ya descuentan una devaluación del renminbi de 6 por ciento este año.

 

 

 

Timothy Geithner y Obama han acusado a China de manipular su moneda. Según la ley estadunidense, eso se castiga con represalias comerciales. Pero deben andarse con cuidado. La tasa de crecimiento en China ya cayó a niveles insuficientes para mantener en calma el mercado laboral: hay más de 20 millones de trabajadores migratorios que no encuentran empleo. El descontento en las zonas rurales podría salirse de control.

 

 

 

A ver si una vez que se aplaque la polvareda, Washington y Pekín pueden diseñar formas de cooperación que permitan superar la crisis. Una cosa es segura: no será fácil ni rápido. Las relaciones económicas internacionales tendrán que reconfigurarse, y el proceso no será sin consecuencias para los acuerdos de la OMC.

 

 

La Jornada

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